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            LXIV

Luego... apoyó la escultural cabeza
deshecha en bucles, en mi mano fría;
y entornando los ojos con tristeza
miró el sudor que por mi faz corría.

Y me dijo, llorosa
con un acento desmayado y tierno:
—¡Cómo puede tu mano temblorosa
sostener los abismos de un infierno!—



Julio Flórez


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