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        AURORA

¡Huye la sombra! El pálido horizonte
de ondas de luz purísima se anega,
y por encima del andino monte
la hermosa rubia a sus dominios llega.

Y se mece en hamaca de neblinas,
casi desnuda en el azul del cielo,
desgarrando sus gasas purpurinas
sobre los blancos témpanos de hielo.

Mece el árbol la copa somnolienta;
las hojas lucen brilladora escarcha,
y allá arriba, do ruge la tormenta,
la luz prosigue su infinita marcha.

De la choza del rudo campesino,
como buscando incógnitas regiones,
suben, en impalpable remolino,
como el humo sutil, las oraciones.

Yérguese el toro en la feraz llanura
con el testuz cubierto de rocío,
blanco vapor de su nariz oscura
brota y se expande en el ambiente frío;

Y muge; de la límpida mañana
el aire fresco sus pulmones hincha,
mientras que el potro en la extensión lejana
revuélcase, incorpórase y relincha.

Tiemblan los nidos. Las desnudas rocas
dóranse al esplendor de la alborada,
y abren las nubes, como azules bocas,
franjas de cielo en la extensión callada.

Entre las ramas del follaje umbrío
frases de amor arrullan las palomas;
y en el césped, crujado de rocío,
la flor revienta en explosión de aromas.

Zumba el insecto; la sonora fuente
murmura alegre y su raudal dilata;
y ruge altiva, en rápida pendiente,
de peñón en peñón la catarata.

Hínchase el lago a la primer caricia
del aura flébil que en los juncos ora,
y saborea, con sensual delicia,
los castos besos que le da la aurora.

Allá lejos, soberbio y palpitante,
lucha el mar con las rocas de granito;
el mar, ese colérico gigante
que amenaza y atruena el infinito.

La violeta se esconde, y ya despierto
se empina el girasol; ríe la rosa,
y parece el clavel, rojo y abierto,
ascua movible entre la selva hojosa.

Y en tanto que sacude el ala fría
el céfiro en el cáliz de las flores,
parece el bosque, al despuntar el día,
jaula inmensa de alados trovadores.

Teñidas de carmín y de topacio
flotan las nubes en la aguada sierra;
¡Todo se baña en luz en el espacio!
¡Todo respira amor sobre la tierra!

Ya tras el ancho cortinaje denso
de blancas nieblas y opalinas brumas,
asoma el sol en el espacio inmenso
cual barco de oro en piélago de espumas.

Y se eleva dorando los pensiles
que esparcen sus balsámicos efluvios,
al descender sus rayos cual sutiles
hebras flotantes de cabellos rubios.

¡Y avanza, avanza, y las inquietas nubes
al recoger los gayos esplendores,
se convierten en pálidos querubes
que al hundirse van en mares de colores!

¡La aurora tiembla! El sol la mira y posa
un ósculo en su cuerpo nacarado;
ella lo envuelve en su fulgor de rosa
y se extingue en la hoguera de su amado.



Julio Flórez


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