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        EL CÓNDOR VIEJO

A Rafael Pombo

                I

En una roca de la sierra umbría
vive un cóndor ya viejo y desplumado,
que contempla la bóveda vacía
con tan honda y tenaz melancolía,
cual si estuviese allí petrificado.
Ya no puede volar y cuando empieza
la blanca nube a coronar la altura,
envidioso la mira y con tristeza
inclina taciturno la cabeza
sobre su roca inconmovible y dura.

                II

Sirve de escarnio a los demás condores
que anidan en las cumbres Granito,
y que, del hondo espacio triunfadores,
bañan su cuello en mares de colores
al desgarrar la aurora el infinito.
En la noche, en los hondos agujeros
de su peñón, donde las brisas suaves
se refugian, él sueña cosas graves:
ya, que eleva en el aire los corderos,
ya, que agarra en las nubes a las aves.

                III

Mas se mira las alas compungido
y no halla en ellas ni siquiera rastro
de aquel tiempo en que hubiera hasta podido
colgar su enorme y silencioso nido
de las rubias pestañas de los astros;
cuando, al lanzarse en inauditos vuelos
rozaba con el arco de sus plumas
los bruñidos cristales de los hielos,
al hundirse en el polvo de las brumas
bajo el zafiro inmenso de los cielos.

                IV

Cuando, el rugir del rey de los titanes,
el hondo mar que eterna rabia alienta,
llegaba a los ignívomos volcanes
por sentir estertores de tormenta
y escuchar aleteos de huracanes,
cuando, ávido de luz, a ambientes puros,
del Sol siguiendo el luminoso paso,
desde los altos peñascales duros
iba a alumbrar sus ojos verdioscuros
en los rojos incendios del ocaso.

                V

Yo conozco un poeta desplumado
como el cóndor aquel, cuya presencia
es un mísero escombro del pasado
¡Ya no puede volar! Hoy vive atado
a la roca fatal de la impotencia.
Eso pensé de ti; mas hoy que he visto
que tú, viejo cóndor, con rudo aliento,
subes aún rasgando el firmamento,
presa del más atroz remordimiento.

                VI

El mismo eres de ayer. La artera bala
que cierto cazador disparó un día
contra ti, no logró romperte el ala;
no eres momia ambulante todavía;
¡tu espíritu inmortal vigor exhala!
Perdóname poeta, si atrevido
quise herirte también; fúlgidos rastros
nos dejas al volar; ¡no estás vencido!
¡Puedes aún colgar tu enorme nido
de las rubias pestañas de los astros!



Julio Flórez


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