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        LAS MANOS DE MI MADRE

¡Manos que en el crespón de la tiniebla
de la noche insonora
pálidas flotan como airón de niebla!
¡Oh, las manos difuntas
de la triste señora,
de la madre doliente
que ha tiempo no responde a mis preguntas!
¡Oh manos que existieron solamente
para elevarse a Dios y vivir juntas!

Manos hechas de amor, adoloridas,
sangradas sin cesar por los abrojos
de las ajenas vidas.
Que nunca hubieron de ocultar sonrojos,
que en el mundo cerraron mis heridas
y que se fueron sin cerrar mis ojos.

Oh manos aguzadas
por el dolor y la piedad... divinas
manos que vi a menudo entrelazadas
cual si una de la otra, acaso por lo finas,
siempre hubiesen estado enamoradas.

Manos claras, radiosas,
que siempre aleteantes y piadosas,
esparciendo un frescor de esencias vagas,
posábanse cual níveas mariposas
en los rojos claveles de las llagas.

Manos alabastrinas,
frágiles y pequeñas,
cuyos dedos de raso
en la noche del mal llena de espinas,
me llamaron por señas
y enderezaron mi torcido paso.

Manos claras, serenas,
azuladas apenas
por la red de las venas,
que parecían, al tocar las cosas,
por encima, azucenas;
y por debajo, rosas.

Manos sabias, prolijas,
que mi sudor secaron en la cuesta
que me tocó subir... Manos de santa
que nunca entorpecieron las sortijas,
y en mi noche más lóbrega y funesta
trizaron la blasfemia en mi garganta.

Desde la eternidad donde cual una
tenue gasa de luna
flotáis, manos queridas
que nunca hubisteis de ocultar sonrojos
y en el mundo cerrasteis mis heridas,
volved, ¡oh manos!... ¡y cerrad mis ojos!



Julio Flórez


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audio Voz: Víctor Mallarino

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