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EN LA MUERTE DE LA SEÑORITA MARIA EUGENIA GÓMEZ BARBERI1

El sol, desde el cénit, resplandeciente,
disparando las flechas de su frente
en campo abierto, azul, limpio de galas,
cual si hubiesen barrido los querubes,
los oscuros encajes de las nubes
con los blancos plumones de sus alas

el aire quieto... allá en la lejanía
muda la gigantesca serranía;
abajo, el verde mar de la sabana;
y, en medio a tanta luz, áspera y fuerte,
anunciando en los ámbitos tu muerte,
la monótona voz de una campana.

¡Tú, muerta! ¡en los carmines de la vida2
sin una decepción, sin una herida!
¿tú, la hermosa, la flor no deshojada,
tú, la virgen, la tímida, la pura,
cayendo en la medrosa sepultura?
¿Ser luz, ser fuego, y convertirse en nada?

¡Imposible! ¡Jamás! si tú moriste,
el Cielo no es un mito, el Cielo existe,
y hacia él alzaste, al expirar, tu vuelo.
No se concibe el sol sin sus fulgores;
no se concibe el mundo sin sus flores,
no se concibe el ángel sin el Cielo.

Allá te veo; allá miro tus huellas
icomo un surco formado con estrellas!
Allá te miro con tus mismas galas.
Quizás por eso, alegres los querubes,
barrieron los encajes de las nubes
con los blancos plumones de sus alas.



Julio Flórez


1 También titulado ANTE UNA MUERTA

2 Otras versiones: ¿Muerta tú? ¡en los albores de la vida!


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