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        ¡OH PATRIA!...

Cuando el último acorde de mi lira
resonó en la gran sala,
«¿Quién eres?» —preguntaron— y yo dije:
—«¡Soy el último bardo de mi Patria!».
—«¿Y en dónde está tu Patria?» —prorrumpieron
con ruidosa algaraza—
orientándome entonces, con el dedo
les indiqué tu posición exacta.
—«Allá —les dije— tras de aquellos montes
y tras de aquellas nubecillas blancas,
y tras de aquellos oros derretidos
que el sol mugiente en el azul estanca.
Allá tras de esas brumas soñolientas
de múltiple color está mi Patria».

—«Un mar inmenso de rugientes olas
la áurea cabeza sin cesar le baña,
y el más ciclópeo de los ríos todos
es escabel de sus preciosas plantas.
El Pacífico azul, por occidente
lame las curvas de su flanco y canta;
el Magdalena turbio, caudaloso,
conduce la riqueza a sus comarcas,
y el océano Atlante, confidente,
le anuncia la grandeza de sus aguas».
Todos me interrumpieron:
—«Dinos cómo es tu Patria»

Entonces les hablé de tus tesoros:
Del oro que dormita en tus entrañas,
de tus cielos radiantes y profundos,
de tus cumbres riscosas y nevadas,
de tus lagos, tus huertos y tus flores
y de tus frondosísimas montañas.
Les hablé de tus aves y reptiles,
de tus hórridas fieras y tus pampas,
de tus muelles arroyos cristalinos,
de tus ricos filones de esmeraldas,
de la mole opulenta del Tolima
y del ronco fragor del Tequendama.

Les hablé de tus sabios y poetas,
de las rojas batallas
que por tu libertad ensangrentaron
valles y riscos y llanuras y aguas.
Les hablé de tus héroes: de Ricaurte,
el sublime suicida que a las altas
regiones de lo eterno en una nube
de humo y en el estruendo de una salva
gigantesca voló... por darte vida
y asegurar tu libertad... ¡oh Patria!

—«¿Y tú la quieres?»— me dijeron todos—
y yo les respondí: «¡Cómo no amarla»
si allí nací, si mi niñez tranquila
rodó en su seno como fuente clara;
si allí mi loca juventud fue viva
y ardiente llamarada.
Si allí los huesos de mis padres duermen
en una eterna y silenciosa calma,
si allí brilla mi gloria como brilla
el rocío en las hierbas y en las ramas;
si en su suelo están todas mis raíces,
si allí dejé mi corazón... mi amada!

Entonces todos exclamaron: —«Dinos...
Y esa tierra feliz... ¿cómo se llama?»
—¡Colombia! —dije— y me contuve, y luego
sentí la quemadura de una lágrima...
Mas al pensar que han sido mis pasiones
vena doliente de tu cuerpo, ¡oh Patria!
Y que mi voz se acuna en tus caminos
hecha canción y rebeldía de alas,
sacudí cabizbajo mi pañuelo;
saqué mi pobre lágrima;
conformé mi agonía de la ausencia,
les dije ¡adiós! Y proseguí mi marcha...



Julio Flórez


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