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        MI RETIRO EN EL MONTE

He quemado las naves de mi gloria.
Hoy en un monte milenario vivo
el resto de esta vida transitoria,
a todo halago mundanal esquivo.

En la gran soledad del bosque inmenso
este resto de vida se consume
exhalando, lo mismo que el incienso
en los altares, todo su perfume.

El monte, prodigioso laberinto,
es hoy mi patria, mi ciudad, mi centro:
hállome en él hasta en mi mal distinto,

pues me parece que la dicha encuentro
mientras más solo estoy en su recinto,
mientras más hondo en sus arcadas entro.

Huyendo de las míseras pasiones
de los hombres, en pos de ambientes puros,
con mi morral henchido de canciones
abandoné los solariegos muros.

La mentira social, el placer mismo
cien veces apurado en una hora,
me arrancaron del fondo del abismo
lanzándome a la selva redentora.

He entrado como el monje en "la escondida
senda" a vivir las horas placenteras
de aquella dulce y sosegada vida,

convencido a la luz de otro horizonte,
de que hay en la ciudad muchas más fieras
¡oh sí! muchas más fieras que en el monte.

Cerré todas las puertas a los vicios,
abandoné las brocas bacanales
y hui de los inmensos precipicios
lanzándome a regiones inmortales.

Ya no canto aquel canto atormentado
que abrió en mi corazón surco tan hondo,
tan hondo, que aunque a verle me he asomado,
nunca le he visto al asomarme el fondo.

Hoy mi canto es más puro, es más sereno
porque es ahora mi pesar más sano.
Canto en la soledad a pulmón pleno...

Y aunque en el monte estoy no canto en vano:
me aplaude arriba con su salva el trueno...
y abajo, con su trueno el oceano.

Porque está el mar con su llanura
verde o azul, rojiza o cenicienta.
El mar, mi único hermano en amargura,
cómplice rugidor de la tormenta.

Ora tranquilo y sin vigor, inerme
se arrebuja en los velos de las brumas
y en su gran lecho de coral se aduerme
bajo su frágil edredón de espumas.

Ora ronco y fatal cuando se enoja,
aúlla, brama, se retuerce, grita,
y espumarajos de coraje arroja.

Rompe sus anchas olas, y al romperlas
finge bajo la bóveda infinita,
enorme cofre azul lleno de perlas.

Ni falso amigo ni mujer liviana
cerca de mí; la azul enredadera
y el roble rico de vejez lozana
son y serán mi amigo y compañera.

Lejos del miasma, en vértigo inefable
del monte aspiro el secular perfume
y —águila enferma en jaula miserable—
mi espíritu las alas desentume.

Al fin bajo el magnífico frondaje
de la selva sonora y afligida
hallé la paz, aunque al rendir el viaje.

¡Por qué por un sarcasmo de la suerte,
hoy por vez primera amo la vida
es cuando está acercándose la muerte!

¡Pero no importa! Mi ventura entera
será dormir allí, tras la borrasca
de mi pasado, en una primavera,
oyendo el susurrar de la hojarasca.

Sé que la enredadera cariñosa
y el corpulento roble centenario
hundirán sus raíces en mi fosa
para estrechar mi cuerpo solitario.

Cristalinas mañanas, tardes blondas,
noches azules de luctoso velo
y albas estrellas de miradas hondas

llorarán sobre mí. Y alzando el vuelo,
desde las altas y tupidas frondas
me cantarán los pájaros del cielo.



Julio Flórez


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