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        LA MISA NEGRA

El gran templo del orbe ya silente
cerró sus puertas diáfanas. Ahora
todo es mudez. En lo infinito llora
la noche triste sobre el sol yacente.

Una mano invisible lentamente
los cirios va encendiendo en la invasora
tiniebla que los ámbitos decora
con su crespón errátil y doliente.

En la vasta oquedad, descolorida,
inmóvil, tenue, se quedó una nube
de incienso en la alta nave suspendida.

De pronto una alba luz la sombra alegra;
sonríe el cielo y al Empíreo sube
la Hostia blanca de la misa negra.



Julio Flórez


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