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        ESTROFAS

Ya descuelga la noche sus cortinas;
en la sombra la tarde se desmaya,
y a través de las pálidas neblinas,
se ven las juguetonas golondrinas
volar sobre la arena de la playa.

En la comba turquí del firmamento
las estrellas derraman sus fulgores;
y las nubes, con tardo movimiento,
taciturnas, se cuentan sus amores
sobre las alas del callado viento.

En su lecho de perlas y corales
sacude el mar sus encrespadas olas;
y llegan, con las brisas estivales,
envueltos en aromas tropicales,
ecos de moribundas barcarolas.

Soledad y silencio a un tiempo mismo
se enlazan bajo el manto de las brumas,
y el hondo mar, el proceloso abismo,
con rudo y estentóreo paroxismo
avienta en el espacio sus espumas.

Y yo, tranquilo ante el fulgor del cielo,
miro del mar los seculares rastros,
y en las alzas azules de mi anhelo,
se remonta mi espíritu a los astros
con inaudito y poderoso vuelo.

Y me complazco en contemplar a solas
los gigantescos mundos que gravitan
en ese mar espléndido, sin olas,
y dan besos de amor a las corolas...
¡Ven! mi adorada, el astro reverbera:
la blanca nube en el espacio gira;
no vaciles: la noche nos espera,
sacude la flotante cabellera,
y hacia el abismo de los cielos mira.

iVen! Contempla las límpidas estrellas,
su tibia luz y sus eternas galas
siempre imponentes; como siempre bellas;
mira las nebulosas: son las huellas
que imprimen los querubes con las alas.

La blanca luna en el Oriente asoma,
y el mar va hinchando su convulso seno;
ya su voz es arrullo de paloma
y no fragor de formidable trueno
que en las alas del aire se desploma.

iVen! y mitiga con tu dulce acento
este pesar que el corazón devora.
Está dormido en la montaña el viento,
y está lleno de luz mi pensamiento
como el espacio, al despuntar la aurora.

iVen! y amemos a Dios cuya pupila
todo el fulgor del universo absorbe;
cuyo poder los astros aniquila,
y a cuya planta se suspende el orbe;
punto de luz que a su mandato oscila.

¡Amémonos! La noche encantadora
ostenta su lujoso panorama;
el cielo brilla... el céfiro enamora...
brinda la flor su esencia embriagadora...
el ave duerme... ¡y el torrente brama!



Julio Flórez


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