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        BAJO LA ZARPA
PARA AURELIO DE CASTRO (con motivo de ¡Alto ahí, Poeta! de El Pueblo N.º 1071)

            I

¡Déjeme admirar el que me admira,
si acaso piensa que hoy, ante tan graves
desafueros, las notas de mi lira
deben ser como el canto de las aves!

Y esto que oyes decirme, no te asombre:
Porque, aunque suba a atmósferas serenas,
el bardo no es un ángel sino un hombre...
Y no hay hombre sin sangre entre las venas.

Dios no me dio la lira (eternamente)
para cantar a pájaros y flores
ni para que me admire o no la gente...

Sino para que, al ritmo de mis versos,
cantando de mi patria los dolores,
quebrante el costillar de los perversos.

            II

El bardo verdadero no es el bardo
que, ciego a la maldad y sordo al grito
de indignación de un pueblo, aparta el cardo,
coge la flor... y calla ante el delito.

Cuando yace la Patria envilecida
por los que el ruin traidor encumbró al solio,
y la casa que ayer fue Capitolio,
no es Capitolio ya... sino guarida.

Cuando el gran buitre negro se apodera
del país... y el oprobio y la mentira
van regando sus miasmas por doquiera;

debe el poeta —ungido por los Hados—
descargar todo el peso de su lira
sobre el lomo cerril de los malvados.



Julio Flórez


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