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      DESPUÉS DEL BAILE

La noche en espantoso paroxismo
ante la ruda tempestad callaba,
mientras que el rayo, zarpa del abismo,
las corpulentas sombras desgarraba.

Yo que del baile espléndido salía,
pensé que aquella tempestad bravía
era de Dios enérgico reproche...
Y dije con acento lastimero
            a la adorada mía
que temblaba en el fondo de mi coche:

—¡Lo que es la vanidad! ¡Cuánto dinero
convertido en ceniza en una noche!
¡El trueno las ventanas sacudía!

De pronto para el coche y en mi puerta
un bulto veo... me le acerco, toca
un harapo sutil mi mano yerta...
Unos párpados fríos... y entreabierta
palpo luego una flor... ¡que era una boca!
Y húmeda por el agua que caía.
Miro después la cabecita rubia
de un escuálido niño que moría
mordido por el hambre y por la lluvia.

Mísera humanidad que ignoras cuántos
desventurados van en tu camino
sin pan, sin agua, sin calor, sin sueño,
¡tú puedes mitigar muchos quebrantos!
Con el valor mezquino
efímero y pequeño
de la copa de vino
con que en la vana fiesta te aletargas,
puedes y logras, sin mayor empeño,
ver un rostro risueño
¡y enjugar muchas lágrimas amargas!



Julio Flórez


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