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        ETERNO OLVIDO

Hay en el camposanto
un sepulcro ya viejo y carcomido,
hecho de cal y canto,
en cuyas hondas grietas escondido
entona el búho su agorero canto.

¿Quién duerme allí? Se ignora
aunque el curioso caminante quiera
saber quién allí mora,
no ve ni una inscripción reveladora
ni el borrón de una lágrima siquiera.
            Tupidos matorrales
en que a un tiempo la zarza y la artemisa
cubren aquel puñado de ceniza...
do no llegan las voces terrenales.

¡Qué soledad aquella!
¡Ni una flor, ni una cruz, ni una corona!
Allí solo descuella
un ciprés que la brisa desmorona
y abrasa con su fuego la centella.

¡Cuántas veces, bien mío,
al pie de aquel sepulcro abandonado
con horror he pensado
en la muerte... ese vórtice sombrío,
eterno guardador de lo ignorado,
      que sin piedad devora
y arrebata los seres más queridos,
y en calma aterradora,
escucha indiferente los gemidos
del que le ruega... y le suplica... y llora...

Oye, cuando yo muera,
cuando ya el peso del dolor sucumba,
anda, niña hechicera,
a dejar una flor sobre mi tumba,
¡a verter una lágrima siquiera!
      No dejes que el olvido,
como en aquel sepulcro carcomido,
se detenga en mi fosa;
siempre he pensado que el que aquí reposa
se lamenta del mundo fementido.



Julio Flórez


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