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          LA CENA FATAL

Puesto que somos trece, dijo alguno,
¿a quién pensáis que escogerá la suerte?
Todos a un tiempo me miraron: ni uno
solo dudó de mi temprana muerte.

¡Tan demacrado estaba! En ese instante,
como queriéndome amparar de aquella
segadora terrible, sollozante
me echó sus brazos a los hombros, ella.

Yo besé sus mejillas sonrosadas
y reí —porque no soy aprehensivo—
de mi próxima muerte a carcajadas.

¡Oh, sarcasmo! Ya el césped compasivo
cubre a todos aquellos camaradas;
ella duerme también. ¡Sólo yo vivo!



Julio Flórez


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