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        LA LEONA

Es joven la leona
y es virgen. En su ergástula de hierro
ni ruge ni se encona;
siempre tras de las barras de su encierro
me ve llegar con ojos de persona
y me lame las manos como un perro.

Allí nació. Su madre era africana
recia, feroz, pero vibrante y rubia
como el áureo edredón con que engalana
su lecho purpurino la mañana
en los cielos remotos de la Nubia.

Me cuentan que rugía
entre su calabozo,
con una tan tenaz melancolía,
que más bien parecía
su tremendo rugido un gran sollozo.

Tras de mucho bregar fue sorprendida
en su cubil en el ardor del celo,
una tarde en sus tórridas montañas;
y después exhibida
de ciudad en ciudad, de suelo en suelo,
así, con la simiente en las entrañas.

Vino a Cuba (la perla, el astro) y entre
su propia cárcel, hosca y desvalida,
una mañana aligeró su vientre;
la vida dio, pero perdió la vida.

Me cuentan —¿Será cierto?—
Que al sacar de la jaula sus despojos,
en el topacio desteñido y yerto
de sus salvajes ojos
fulguraba la imagen del desierto.

La huérfana, la cría
es aquella leona
sin bosque ni arenal ni serranía,
que a través de las barras de su encierro
me ve llegar con ojos de persona
y me lame las manos como un perro.

Es un bello ejemplar esta leona;
es una fiera rara;
parece que no sufre,
y el más leve rumor la desazona.
Entonces viene, va, la oreja para,
y sus pupilas de color de azufre
como que se le incendian en la cara.

Cuando algún escuadrón de golondrinas
con rumbo a las marinas
costas risueñas en el aire el vuelo
rumoroso desata,
la leona se escurre por el suelo
de su prisión, lo mismo que una gata;
mira el azul del cielo, y todo el cielo
en sus ojos felinos se retrata.

Como está en un jardín lleno de brotes,
tras de la flor azul, blanca o bermeja
mariposa y abeja
discurren sin cesar por los barrotes
de la implacable reja.

Yo la he visto saltar una mañana
sobre una vagabunda mariposa
que de fijo creyó que a la ventana
de alguna niña hermosa
solícita acudía,
en busca de la gruta deliciosa
donde un rojo panal se derretía.

¡Oh mentida ilusión! ¡Pobre golosa
presa en tan duro lazo!
Pensad lo que en la jaula quedaría
de aquella ilusa y frágil mariposa
al golpe de aquel pérfido zarpazo...

Sin embargo, entra un niño
a retozar con ella:
El niño la acaricia con su mano
y ella, a su vez, lo abraza con cariño,
con blandor de doncella,
con un afecto que parece humano.

Un día, un claro día
en que el sol como nunca en el espacio
intensamente azul resplandecía,
la vi dormir: cerró el ojo despacio,
el ojo amarillento,
de ambarino color, vivo topacio.

Después anduvo con andar muy lento,
luego echose, y en rápidos instantes,
atesó el vientre —cofre de peluche—
y la garra entreabrió como un estuche
de corvos escalpelos deslumbrantes;
blandió la cola, atrás tiró la testa;
vibró la roja lengua humedecida;
los dientes enseñó firmes y blancos,
y como era la hora de la siesta,
dio un gran bostezo y se quedó dormida,
lamiéndose la felpa de los flancos.

Una urgencia febril templó mis nervios
al contemplar la fértil hermosura
de aquella virgen reina sin corona;
los músculos soberbios
modelaban su elástica postura
de hembra feliz que al sueño se abandona.

Me acuerdo que aquel día
cerré los ojos y soñé despierto;
soñé que la leona sonreía
y que yo era un león y que rugía
de amor en las arenas del desierto.



Julio Flórez


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