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        NOCHE DE NOVIEMBRE

Ya llega el rudo invierno
con sus mordientes ráfagas,
con sus tupidas nieblas,
como flotantes sábanas;
ya ruedan de los troncos
enfermas las parásitas
y están las flores mustias
y las mujeres pálidas.

La densa lluvia cae
con espantoso estrépito;
sus membranosas alas
agitan los murciélagos,
y en las inmensas playas
el mar, undoso y pérfido
quebrántase en las rocas
con ímpetu colérico.

En las pajizas chozas,
raquíticos y escuálidos,
los niños se acurrucan
ante el rescoldo cárdeno
y allí tiritan…lloran
al escuchar los ásperos
y lúgubres chillidos
de los siniestros cárabos.

Por las oscuras grietas
de las mortuorias lápidas
las gotas de la lluvia
descienden frías, lánguidas;
¡oh, trágico destino!
Tal vez únicas lágrimas
que en su mansión de sombras
reciben los cadáveres.

Doliente y ojerosa
la luna avanza tímida
y escóndese en las nubes
ya inmóviles, ya undívagas;
en las desiertas calles,
sobre las losas frígidas,
medio desnudas tosen
las pordioseras tísicas.

¡Allá lejos sacude
sus alas el relámpago,
despréndense las hojas,
despiértense los pájaros;
azota las vidrieras
con recio impulso el ábrego,
y el rayo cruza y hiere
como celeste látigo!

Refúgiate en mis brazos
en esta noche tétrica,
y esconde entre mis manos
tus manecitas trémulas
calor y luz ansío,
de tu mirada angélica,
mientras la brisa charla
con la llovizna gélida.

Resuene en nuestras bocas
el beso como un cántico,
y en tanto que apuremos
nuestra aventura estáticos,
que azote las vidrieras
con recio impulso el ábrego
y el rayo cruce y hiera
como celeste látigo.

Mas ¡ah! bien sé que no oyes
mis delirantes súplicas:
Bien sé que estás muy lejos,
¡oh blanca estrella fúlgida!
Por eso de mis labios
se disipó la púrpura
y están mis ojos tristes
y mis pestañas húmedas!

Tal vez mañana mismo
cuando estos melancólicos
cantares a ti vuelen
con su vibrar monótono,
yo duerma solitario
bajo el sepulcro lóbrego
soñando que me estrechas
contra tu seno mórbido.

Pues yo sé que el invierno
con lento paso rítmico
se irá con sus tristezas
y su ropaje lívido…
Pero este que yo guardo,
talvez el más fatídico
de todos los inviernos,
eterno es en mi espíritu.



Julio Flórez


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