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      TRÍPTICO

            AYER

Cuando mi frente pálida se doble
al brusco torcedor del sufrimiento,
como la copa de vetusto roble
al empuje despótico del viento,

y entonces, lejos del combate rudo,
en un negro ataúd... fin de mis penas
con la sangre cuajada entre las venas,
rígido yazga, para siempre mudo,

antes de que aprisionen en la fría
tumba mi cuerpo, solitaria puedes,
si no es tan grande tu dolor... si puedes,
dame un beso en los labios, madre mía!

Que ese beso, el más triste y doloroso
¡ay! entre todos tus amantes besos,
hará al sellar mi sepulcral reposo
temblar mis carnes y crujir mis huesos.

            HOY

Eso... ayer te decía; pero el hado
que todo lo trastueca y lo disloca
quiso que yo tu sueño desolado
sellase con el beso de mi boca.

Y prefirió llevarte a la escondida
caverna guardadora de lo inerte
antes de que el invierno de la muerte
apagase el rescoldo de mi vida.

¡Mi beso fue terrible! Tu sangrienta
boca, en los labios me dejó su rastro,
mientras por las arrugas de tu rostro
resbalaba mi llanto hecho tormenta.

Sin fuerza casi, con las alas rotas,
hoy, madre santa, en lo indeciso bogo;
tú... ¡ya en el agua de la muerte flotas!
Yo... ¡de la vida en el fangal me ahogo!

            MAÑANA

¡Duerme!... La garra del dolor artero
ya no herirá tu corazón sensible;
ilumina mi espíritu... ¡Lucero!
Háblame desde el piélago invisible.

¿Duermes? ¡No! ¡Tú no duermes! Yo te siento
vagar cerca de mí como un aroma;
por todas partes tu semblante asoma
radiante como el sol del firmamento.

¡Sí! ¡Tú me estás mirando! ¡Te percibo
en la sombra! Te escucho en el silencio
de mi mal, y de hinojos reverencio
tu santidad... ya ves... ¡por eso vivo!

Y viviré mientras tu sombra muda
me acompañe en el antro de la pena;
si ella no... ¿Quién impedirá que acuda
la desesperación, y su melena
de sangrientos relámpagos sacuda?



Julio Flórez


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