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        LA LÁGRIMA

La casita, el arbusto y el riachuelo,
Los prados y los ámbitos del cielo
Contemplaba acostado en un diván;
Quedé entonces así medio dormido,
Con un dulce lelargo... Del olvido
Las neblinas tal vez así serán.

Cuando el cuerpo se queda aletargado
El espíritu, en vuelo levantado,
Errabundo, divaga por doquier;
Del pasado se va hasta las regiones
Y sus ruinas revuelve, y en jirones
El recuerdo nos trae de algún placer.

Un recuerdo feliz vino a mi mente
Y a su lado, cual siempre pura, ardiente,
Una lágrima vino, la sentí.
Al salir, se detuvo temblorosa
Como lo hace una virgen pudorosa
Que un abismo contempla frente a sí.

Y esa lágrima en prisma convertida,
Otro mundo me dieron, y otra vida
Con la luz reflejada en su cristal:
Un palacio, otros ciento divisaba,
Y en sus torres el iris ostentaba
Sus colores en fúlgido raudal.

Y en un bosque, con sabia simetría,
Sus penachos un árbol remecía,
Y otros mil en un mágico compás.
A sus pies los innúmeros torrentes
Arrojaban sus aguas relucientes
Como salen las luces de un fanal.

Y unas aves, riquísimo el plumaje,
En un tiempo, bullían ente el ramaje
Cual si fueran un pájaro no más;
Si cantaban, era una la armonía.
¡Qué hermosura! el edén me parecía;
Y mejor el de Adán no fue jamás.

Quise ver la belleza más de cerca,
                Los ojos abrí más,
y lágrima tibia en mi mejilla
                Sentí blanda rodar.

La casita, el arbusto, y el riachuelo
                Mi vista contempló.
¿Y el edén tan feliz que yo había visto?
                Con la lágrima huyó.

¡Ah! me dije, venturas ocultaba
                La huella del dolor:
Es la irónica imagen de la vida,
                De1 hombre y la ilusión

¡Cuántas dichas me han dado en un instante
                Las lágrimas de ayer!
Si así quiero gozar, será preciso
                Que llore yo otra Vez.


Ya lo sé: los placeres alternados
                Con los pesares van:
Llorarán los que gozan, los que hoy lloran
                Mañana gozarán.

Sé que el hombre que ahora vive ardiente
                Cadáver ha de ser;
Y en el templo que altivo se levanta
                Las ruínas se entrevén.

Y las palmas de América murmuran
                Los ayes de Colón;
y se ve tras la aureola del Maestro
                La cruz del Redentor.

Hoy escucho los sones de mi lira
                Que pulso con placer;
Y mañana oiré sobre mi tumba
                El llanto del ciprés.

Agosto 2 de 1881

Joaquín González Camargo


(El Debate, número 24.)


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