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Fueron dos mil kilómetros los que volé sobre las olas.
Quién pensaba que había de encontrarme
en un fanal dorado y mágico, y cuánto nunca, Paula,
sin ti y sin mí.
Y el grillo que sonaba entre claridades marinas.
Las guitarras eléctricas, mineras, sondeaban la tierra.
Aquí aparece el hombre del gesto estúpido de Berlín,
chin-chin-pom sobre el bombo y los platillos,
o el chin-chin-pom, el treintaitrés del vals sobre la playa,
plinto de la pareja, madura y aún hermosa.
Aquí aparece la armonía desamparada, emboscada en la noche,
envuelta en el papel de lluvia próxima y de viento,
la noche sudorosa de estrellas,
la noche fugitiva... Y otras noches y otros días y vientos y lluvias
aparecen aquí.

Uno palpa razones inexplicables, barajando palabras:
jamás una palabra es suya.
Acepta una de aquí, rehúsa otra de allá,
sin acertar lo que es allá y lo que es aquí,
con el instinto ciego del animal que olfatea la hierba
que ha de sanarlo.
Así olfateo yo, mas sin el firme instinto del animal
unas palabras que podrían sanarme el alma.
Y, sin embargo,
no estoy seguro de si se detienen
más acá o más allá de su propósito
o si, por raro azar, habrán herido
el centro donde late lo que uno mismo ignora
al escribir, al ordenar.

autógrafo

José Hierro


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