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Estas palabras,
estas figuras y ráfagas y signos...
Me asomé al vertedero. Distinguí
entre bocanadas de sombra
—rotos por el relámpago de los cristales y de los metales,
entre cintas, escorias, herrumbre, papeles—
mitos de sol, fantasías de viento y mármol,
claridades parpadeantes:
así aquella pareja funeral,
novios de negro, como cuervos tímidos,
cogidos de la mano, con un ramo de flores,
lentos por una calle que no tenía fin,
foso de cal, en Campo de Criptana.
O ésta: volar dos mil kilómetros, creo que ya lo dije,
y oír, entre las olas que arañaban la isla,
el sonido del grillo.
O el hombre que pedía colillas
para morir fumando.
O alguien que iba y venía, obsesionado,
por aquel patio helado...

                    Y para qué seguir.
(Estas palabras... Las afilo
igual que bisturís, para sajar mi carne.
Si la infección no me habitara,
entonces las palabras, estas u otras palabras
se alzarían aladas, revolotearían,
zumbarían al sol, gorjearían
con generosidad. Pero quién puede
ser generoso con estas hambres y estos fríos
de entonces, que aún me hacen tiritar,
con la amargura y el desvalimiento
que yo he vivido en otros...)

                      ...Y para qué seguir,
dice el doctor, mi compañero.
Reaparece en su celda y habla otra vez de Huxley,
de Picasso, de Schoenberg, de cuál será la suerte
de la Venus de Milo, prisionera de Hitler.
Y el té. Y las pastas «que mi mujer acaba de traerme,
porque no sé qué maña se da para encontrar en estos tiempos
dulces tan buenos en Madrid». Y luego,
«tome usted esta otra de coco, ya verá lo que es bueno».

Esto, tan real y tan absurdo,
sucedió, pero sigue sucediendo.
Y no sé lo que significa.

autógrafo

José Hierro


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