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        EL CONSUELO

¿Cómo, idolatrada mía,
Cuando la noche agradable
A tus brazos me conduce,
Gimes triste y anhelante?
Están ajadas y mustias
Las rosas de tu semblante,
Y en desorden tempestuoso
Trémulo tu seno late.
En vano con tu sonrisa
Pretendes ¡ay! halagarme;
Triste y amarga sonrisa,
Que no puede fascinarme.
¡Yo estar gozoso y tranquilo,
Cuando padece mi amante!
¡Oh! fuera, si lo estuviese
El más vil de los mortales.
No, mujer idolatrada;
Conmigo tus penas parte,
Y llorarás en mi seno,
Y el llanto sabrá aliviarte.
De esta luna silenciosa
A la luz grata y suave,
Al susurro de las hojas,
Que leve céfiro bate,
De tierna melancolía
Siento el corazón llenarse
Y oír la voz me parece
De mi malogrado padre.
Ha un año que al frío sepulcro
Me llevaban los pesares,
Y mi juventud robusta
Cual flor sentí marchitarse.
Fatigábame la vida;
Y al ver la huesa delante,
Quise abreviar mis dolores,
Y en ella precipitarme.
¡Ay! si hubiera ejecutado
Mis proyectos criminales,
Ni gozara de tu vista,
Ni de tu amor inefable.
¡Ángel de paz! Dios piadoso
Te destinó a consolarme...
¿Cómo el hacer mi ventura
Á la tuya no es bastante?
Deja, adorada, que el tiempo
La región impenetrable
Del porvenir nos descubra,
Y no angustiosa te afanes.
¿De la tórtola no escuchas
El arrullo lamentable,
Que en noche tan clara y pura
Dulce resuena en los aires?
Él manda amor: ven, querida,
Y entre mis brazos amantes
Olvida en tierno delirio
Los cuidados y pesares.

(1822)

autógrafo

José María Heredia


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