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    A MI ESPOSA EN SUS DÍAS

¡Oh! Cuán puro y sereno
despunta el Sol en el dichoso día
que te miró nacer, ¡Esposa mía!
Heme de amor y de ventura lleno.

Puerto de las borrascas de mi vida,
objeto de mi amor y mi tesoro,
con qué afectuosa devoción te adoro,
¡y te consagro mi alma enternecida!

Si la inquietud ansiosa me atormenta,
al mirarte recobro
gozo, serenidad, luz y ventura;
y en apacibles lazos
feliz olvido en tus amantes brazos
de mi poder funesto la amargura.

    Tú eres mi ángel de consuelo
    y tu celestial mirada
    tiene en mi alma enajenada
    inexplicable poder.

    Como el Iris en el cielo
    la fiera tormenta calma
    tus ojos bellos del alma
    disipan el padecer.

Y ¿cómo no lo hicieran
cuando en sus rayos lánguidos respiran
inocencia y amor? Quieran los cielos
que tu día feliz siempre nos luzca
de ventura y de paz, y nunca turben
nuestra plácida unión los torpes celos.

Esposa la más fiel y más querida,
siempre nos amaremos,
y uno en otro apoyado, pasaremos
el áspero desierto de la vida.

    Nos amaremos, esposa,
    mientras nuestro pecho aliente
    pasará la edad ardiente,
    sin que pase nuestro amor.

    Y si el infortunio vuelve
    con su copa de amargura,
    respete tu frente pura,
    y en mí cargue su furor.

(Noviembre de 1827)

autógrafo

José María Heredia


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