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        AL RETRATO DE MI MADRE

Es ella, sí: la venerada frente
Que adoró mi niñez, de nuevo miro
Con profunda emoción, aunque las huellas
Del tiempo y del dolor tiene grabadas.
He aquí los ojos que mi débil cuna
Estáticos velaban, y los labios
Que con tierno cariño tantas veces
En mi pálida frente deponían
El santo beso maternal... Imagen
De la madre mejor y más amada,
Ven a mis labios, a mi ardiente seno,
Y recibe las lágrimas que brotan
Mis ojos mustios; llanto de ternura
Y acaso de fatal remordimiento.
Sí, madre idolatrada: tus amores,
Tu anhelo por mi bien infatigable,
Y tus lecciones de virtud sencilla
Desatendí frenético... ¿Qué pago
Recibiste de mí? Dolor y luto.
Precipité mis pasos imprudentes
Tras el glorioso, espléndido fantasma
De inaccesible libertad. La ira
De celoso poder me hizo blanco,
Y fulminó tremenda. ¡Cuántas noches
Cuando los ojos de llorar cansados
Cerrabas, te mostró la fantasía
Mi sangriento patíbulo! Mi fuga,
Y una separación tal vez eterna,
Calmaron tu terror, no tus pesares.
¡Qué lágrimas ansiosas, de amargura.
Te habrá tu primogénito costado;
Prófugo, errante en extranjeros climas,
Donde sentaron su fatal imperio
Feroces odios, ambición tirana,
Y fratricida, bárbara discordia!

Y yo, madre, también tu triste ausencia
Lamento inconsolable. Los prestigios
De mísero poder o fútil gloria
No me embriagaron, ni del pecho ansioso
Borrar pudieron tu sagrada imagen.
De Temis en el templo venerando,
En la silla curul a que fortuna
Elevome después; en el peligro
Y excitación de bélico tumulto;
Entre los brazos de adorada esposa
O las tiernas caricias de mis hijos,
Recordé tus amores, y brotaba
De mis ardientes labios el suspiro.
Tres años ha que por la vez primera
Desde el trono español se pronunciaron
Los dulces ecos de la paz y olvido.
¡Oh, cómo palpité!... La fantasía
En mágica ilusión mostrome abiertos
Los campos deliciosos de mi Cuba,
Y entre sus cocoteros y sus palmas,
Al margen de los plácidos arroyos,
Con mi familia cara y mis amigos
Me hizo vagar. Al agitado pecho
Pensé estrechar a las hermanas mías,
Á mi madre inundar en llanto dulce
De inefable ternura, y en su seno
Deponer a mis hijos... ¡Mas sañudo
Arbitrario poder frustró mis votos:
Que en la opresa, infeliz, hollada Cuba,
De viles siervos abatida sierva,
No es dado el hacer bien ni al mismo trono
Cuyo querer eluden los caprichos
De sátrapa insolente!... Se arrastraron
Dos lustros y dos años dolorosos
De expatriación, de lágrimas y luto,
Y en los hispanos pechos implacable
Arde vivo el rencor...
                                    Mas, a despecho
Del odio suspicaz y la venganza,
Yo, madre, te veré. Cuando benigna
Primavera genial restaure al mundo,
Las turbulentas olas del océano
Hendiremos los dos y venturosos
Del Hudson en las fértiles orillas
Te abrazaré. Tu imagen venerada
Será entretanto mi mayor consuelo.
Mostrándola a mis hijos cada día,
Enseñareles con afán piadoso
A que te amen, respeten y bendigan,
Y oren por ti sus inocentes labios.
Ella en este desierto de la vida
Será para mis ojos vacilantes
Astro sublime de virtud. Al verla,
Tus augustos consejos recordando,
Fiel les seré, y a Dios enardecido
Elevaré mis inocentes votos
Porque a tus brazos me conduzca. Sea
Báculo a tu vejez tu primer hijo,
Y en asilo rural, feliz, oscuro,
Te haga olvidar las anteriores penas
Con amantes cuidados y caricias.
Aquesto y nada más demando al cielo.

(Enero 1836)

autógrafo

José María Heredia


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