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        A LOS MEJICANOS, EN 1829

¿Por qué el tiempo en sus alas fugitivas
Llevó el siglo dichoso
En que abrasaba el pecho en llamas vivas
El canto poderoso,
Y a los míseros siervos alentaba
El yugo a sacudir, y la alta frente
Al vencedor sublime coronaba?
¡Tiempo feliz, en que al cantar de Alceo
Turbábase el tirano,
Y a los triunfos volaba el Espartano,
A la fulmínea voz del gran Tirteo!

Si piadoso el destino
A mi labio prestara
Una centella de su ardor divino,
¡Cómo, Anáhuac, tronara,
Y contra tus eternos enemigos
A devorante lid te levantara!

El tirano de España
Tras once años de lid, roto y vencido,
De su impotente saña
En el delirio bárbaro y furores
Ordena que sus siervos a millares
Dejen los patrios lares
Para cubrir a Méjico de horrores.
«¡Id», les dice «volad al rico suelo
Que Cortés y Callejas desolaron:
Sea la ferocidad que allí mostraron
Vuestro norte feliz, vuestro modelo!»

Al mortífero acento
La vela sus esclavos dan al viento,
Y al azaroso piélago se lanzan,
Sin contemplar su inevitable suerte.
¡Insensatos! ¿dó vais? Mirad la muerte
Que en las costas de Anáhuac asentada
Tiende su mano pálida, y erguida
Con placer infernal suyos os nombra.
Vuestra invasión no asombra
A los libres de Méjico ¡Miradlos!
En ira santa palpitando el pecho
Os aguardan, y más que la existencia
Estiman denodados
Su libertad, honor e independencia.

¡A las armas, Anáhuac! y de guerra
El grito suene salvador, sublime,
Y el patrio fuego por do quier anime,
Y de acero y furor vista la tierra.
¡A lidiar! ¡a vencer! ¡De sangre ibera
Sediento el suelo está: su ardor saciemos,
Y en despojos sangrientos de tiranos
Perenne trono a Libertad fundemos.
Muerte, baldón al que la lid rehusare.
Y prefiriendo a Libertad el yugo,
La patria y el honor menospreciare!

¡No! ¡Jamás dejaremos
Que de la Independencia en la ruïna
Con funesta victoria
Hunda un tirano el porvenir de gloria
Que grato Dios a nuestro afán destina!
¡Jamás a la alta mente
Servidumbre fatal frene su vuelo,
Y audaz nos vede levantar la frente,
Y dirigirla sin rubor al cielo!
¡Antes muramos que su indigna planta
Conculque las cenizas
De doscientos mil mártires!... ¡Oídlos!
¿No escucháis cómo claman
Desde sus tumbas con terrible grito,
Y a lid y gloría y libertad nos llaman?

«¡Mejicanos, alzad! No divididos
Por odio vergonzoso
En peligro pongáis el don precioso
Que con mano sangrienta os ofrecimos,
Y por cuya conquista en mil combates
Al seno de la muerte descendimos.
¿Hoy a nuestros verdugos
Dejaréis que derriben de la Patria
El sacrosanto altar, su altar querido,
Sobre nuestros cadáveres alzado,
En tanta sangre y lágrimas bañado,
Con tantos sacrificios adquirido?
¡No! circundadlo en torno,
El juramento espléndido, sublime,
De vivir libres, o morir con gloria
Truene do quier, y en letras de diamante
En el ara esculpid; ¡Oh Mejicanos!
¡Rencor eterno, muerte a los tiranos!»

¡A los tiranos muerte!... ¡Yo lo juro,
Sombras augustas! Mi alma enajenada
Cede al Dios que me inspira
Dejar la grave toga y blanda lira
Para esgrimir la vengadora espada.
¡A lidiar! ¡a vencer! ¡Con brazo fuerte
Presto en el Océano
Hundamos para siempre los pendones
Nuncios infaustos de opresión y muerte,
Y al Anáhuac respeten las naciones!
El clamor lamentable
De la española rota el mar pasando
A Cuba llegue, su cadena impía
Destroce al fin el águila triunfante,
Y sus alas soberbias agitando,
Hasta en el trono espante
Al opresor de Iberia. En sus altares
A Libertad afirme la Victoria
Y de Méjico aplaudan a la gloria
Del Norte y Sur los apartados mares.

(Julio de 1829)

autógrafo

José María Heredia


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