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        DESENGAÑOS

Cana mi frente está, mas no por años,
Que veinte y seis abriles, aún no cuento;
Cana mi frente está, no por espanto
Que no temí jamás. ¡Ay! el tormento
De ansiar un bien ideal, que de mí ha huido
Cual vana sombra; el ponzoñoso encanto
Del falso amor, y su ilusión perdida
Mi tierno corazón han desecado,
Y, como duro cierzo, han devorado
La dulce primavera de mi vida.

Joven lleno de ardor, yo recorría
Con grave afán y meditar profundo
Las maravillas del visible mundo
La estrellada región de Poesía.
Osé bajar a la profunda fuente
De la verdad, y reflejó en mi mente
Su santidad y cándida hermosura.
Por premio a tanto afán la tumba oscura
Me devoraba en flor, dudosa fama
Dejándome esperar en lo futuro.
Contra envidia y calumnia mal seguro,
Sentí apagar de mi ambición la llama,
Y con profunda ira
Cerré mis libros, y quebré mi lira.

De mi oprimida patria los clamores
Turbaron mi quietud. Entre las manos
La vi gemir de un pueblo de tiranos,
Y devorar del yugo los horrores.
Ardió mi sangre, y exaltado, fiero,
Juré su libertad, y otros conmigo,
Y vi temblar al déspota severo,
Y tenderme falaz mano de amigo,
Dándome parte en el poder: rehúsela:
Quise más que opresor ser oprimido;
Y osando sacudir la vil cadena,
De noble orgullo y esperanza henchido,
Lanzeme audaz a la terrible arena.

«Cubanos», dije, «¿en servidumbre impura
El yugo sufriréis por siempre yertos?
¿Sólo entre cataratas y desiertos
Producir pudo un Washington natura?
A la lucha terrible que preveo
La espada y pecho apercibid, cubanos:
Mostrad aliento digno de espartanos,
Y en mí tendréis al vengador Tirteo.
La agonizante patria gime triste,
Y no la salvarán clamores vanos:
¡Cuando amagan y truenan los tiranos
En hierro y sangre la salud consiste!»

De mi patria los ojos un momento
Atraje sobre mí... ¡Delirio insano,
Presa mironos del feroz tirano,
Sin sacudir su torpe abatimiento;
Y en medio de una hueste conjurada,
No se nos dio ni desnudar la espada.
Mis compatriotas nuestra ruina vieron
Sin gozo, indignación, ni pesadumbre,
Y en la vil servidumbre
Con más profunda ceguedad se hundieron.

El suplicio que fiero me amagaba
Pude evitar, y en extranjero cielo
Senti apagar el generoso anhelo
Que tan indigna ingratitud pagaba.
De la vana ambición desengañado,
Ya para siempre adjuro
El oropel costoso de la gloria,
Y prefiero vivir simple, olvidado,
De fama y crimen y furor seguro.
De mi azarosa vida la novela
Termina en brazos de mi dulce esposa,
Y de mi hija la risa deliciosa
Del afán ya pasado me consuela.

(1829)

autógrafo

José María Heredia


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