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    LAS CAMPANAS SOLARIEGAS

    LA MUERTE DEL PASTOR
    Balada eglógica

Infelix o semper, oves, pecus...

Virgilio

              I

Se lo dijo a la fontana
el llanto de una aldeana;
ya el carrizal no lo duda,
que oyó gemir al Poeta.
Todo, todo lo trasuda:
el sauce y la mejorana...
Es bien cierto: ¡Pobre nieta!...

Lo cuenta en su lengua ruda
la Soledad rusticana;
lo deplora la campana
desde la Ermita desnuda,
la zampoña que está muda,
la flauta y la pandereta,
y hasta el cielo que interpreta
una gran tristeza humana...
¡Pobre nieta!...
¡Pobre abuelo!...

Hay un gran beso de duelo
en la quietud del ambiente,
Murió el pastor: ¡quién lo duda!
Desde la Ermita hasta el Huerto,
la montaña lentamente
se está vistiendo de viuda...

¡Es cierto, es cierto!
Ya todos saben que ha muerto
el mozo de la carreta...
Por el camino violeta
su corazón va llorando
como un cordero inexperto:
¡Armando! ¡Armando!...

El alma de las montañas
de sugestiones tranquilas,
mira con penas hurañas,
aquellas claras pupilas
que en el camino violeta
lloran con lágrimas lilas.
Muda está la pandereta,
mudas están las esquilas,
ya nadie emboca las cañas
desde que Armando está ausente,
en tanto que las montañas
miran pasar lentamente
aquellas vagas pupilas
que, tarde a tarde, intranquilas
van a llorar a la fuente...

¡Cuánto tarda la carretal
¡Armando! ¡Armando!...
Van sus ojos escrutando
por el camino violeta...

Por el camino violeta
va la pastora llorando,
sin rumbo, no tiene mando
su voluntad incompleta...
—¿Llora acaso por Armando,
el mozo de la carreta?
¿Adónde van sus pupilas?

Por el camino violeta
va la pastora dejando
su alma en lágrimas lilas.
¡Armando! ¡Armando!...

¿Murió su pastor? ¿Es cierto?
Ella interroga a la vieja
choza y al campo desierto,
a la distancia bermeja
y hasta al porfiado pedrisco...
A la retama, al lentisco,
a la vaguedad perpleja
del horizonte incierto,
al palomar, al aprisco,
al buey y al cardal arisco,
al asno, a la comadreja,
a la congoja del Huerto,
al búho rapaz que bizco
un mito burlón semeja...
Y todo lo grita: ¡ha muerto!...

¡Armando! ¡Armando!
Su corazón va llorando
como un cordero inexperto...

              II

Cruza junto al Adivino,
junto al Sabio y al Poeta,
no se fija en el pollino
del anciano Anacoreta,
y atraviesa la meseta,
bajo el misterio opalino
de aquella tarde secreta...
—¿Adónde va? ¿Qué la inquieta?
Ya la perdieron de vista
las cabañas lugareñas,
el pañuelo de batista
que de lejos le hizo señas,
el sonámbulo molino
y hasta el estanque amatista
donde termina el camino...

Va sin rumbo, soñadora,
por el camino violeta,
la pastora...;
¿Por qué llora?
¿Desde cuándo?
¿Adónde va? ¿Qué la inquieta?
Hoy se tarda más que nunca la carreta.
¡Armando! ¡Armando!...

El aire es de terciopelo.
Por el camino violeta,
cual a través de una grieta
se ve cómo piensa el cielo.
En el umbral el abuelo
está esperando a su nieta,
tiene en la mano un pañuelo
y en los ojos el consuelo
de una lágrima secreta...
Desde que partió la nieta,
llora a menudo el abuelo,
y por un ceño de hielo
se encuentra ¡ay Dios! obsedido.
Él hace, con su pañuelo,
señas al Sabio, al Poeta,
a la inválida carreta
de andar penoso y dolido,
a la corneja, al mochuelo
y al misterioso cometa
que, hace noches, desde el cielo
le está diciendo: ¿Y tu nieta?
¡Mal año tienes, abuelo!...

No es esa, no, la carreta
que tú esperabas, ni el vuelo
de aquellas cornejas grises
te traerá de los países
tenebrosos a tu nieta...
¡Pobre abuelo!... ¡Pobre nieta!...
Ya no verás la carreta
por el atajo vecino,
ya no oirás la pandereta,
ni comerás del tocino
que te brindara tu nieta...
Ya ni el Sabio ni el Poeta
podrán darte algún consuelo,
ya no tendrás otro abrigo
que la lámpara del cielo,
ni tendrás más fiel amigo
que el pobre perro mendigo
que fue en un tiempo de Armando,
y que ha de venir llorando
a consolarse contigo.
¡Armando! ¡Armando!...

              III

El aire es de terciopelo...
Por el sendero vecino
llega el eco mortecino
de voces graves; el cielo
tiene un ensueño opalino...
A la vera del camino,
el Sabio y el Adivino
conversan con el Poeta
sobre el Amor y el Destino...

De repente, el Adivino,
después de invocar al Cielo,
solemnizó: —¡Pobre Armando!...
¡Es un secreto divino!...
Dios sabe... —y sobre el pañuelo
se inclinó un rato llorando...
Dice el Sabio: —¡Qué saeta
tuvo el ingrato destino!...
—¡Cierto! —reza el Adivino—
¡era virtuoso, era blando!...
Dice a su turno al Poeta:
—¡Hemos perdido un amigo!...
Mientras el perro mendigo
se acerca al grupo ladrando,
¡Armando! ¡Armando!

Hoy no viene la carreta...
¡Qué desolación secreta
tiene la tarde en el Huerto!
¡Adónde irá la pastora!
¿Se habrá extraviado, que llora
como un cordero inexperto?...

              IV

A la orilla de un camino
que frecuentó por su infancia,
oye el rumor campesino
de una antigua resonancia...
Es el pino, el viejo pino,
que le murmura temblando:
—¿Qué es de la vida de Armando?
¿Cuál ha de ser tu destino?
¡Armando! ¡Armando!

En una de esas mañanas,
de esas mañanas muy blancas,
que parecen tener francas
ingenuidades de hermanas...
En una de esas mañanas,
al pie de ese mismo pino,
se dieron el primer beso
y partieron su destino
con una sola palabra,
¡mientras partieron el queso,
el pan, la leche de cabra,
la miel y las avellanas!...
En una de esas mañanas...

El perejil y el hinojo,
el romero y el tomillo,
lamen el ruedo sencillo
de su trajecito rojo;
y por el vago rastrojo
y el carrizal amarillo,
llega Lux, el perro cojo
que perdió a su pastorcillo.
¡Armando! ¡Armando!...

¿Cómo lo ha perdido y cuándo,
de qué suerte? Lux lo ignora,
pero aúlla y lo deplora
y al presentir la pastora,
brizna a brizna rastreando,
corre a su encuentro, la implora,
pregúntale por Armando,
si es que murió, cómo y cuándo,
y se arrodilla y lo llora.
¡Armando! ¡Armando!...

—¿Adónde fue el pastorcillo?
—¿Adónde irá la pastora?
—¿Qué será del perro cojo?
El Adivino lo ignora,
y también el ruedo rojo,
¡y el perejil y el tomillo!

              V

Nunca vendrá la carreta...
Ya no se oyen las tranquilas
dulzuras del caramillo;
y el crepúsculo amarillo
cuenta una historia secreta...
Muertas están las esquilas,
colgada la pandereta...

¡Sólo gime la campana
desde la Ermita desnuda,
bajo el cielo que concreta
una gran tristeza hermana!...
Mas, ciertas noches, no hay duda,
cuenta la grey rusticana,
suele verse una carreta
y detrás una serrana
tocando la pandereta,
por el camino violeta
que conduce a la fontana...

—¡Adiós, mañanas tranquilas!
¡Oh, qué destino nefando!
—Dizque Hora la silueta,
siempre andando, siempre andando.

—¿Qué ven sus glaucas pupilas?
¿Adónde marcha sin mando
su voluntad incompleta?...

Por el camino violeta
va la pastora dejando
su alma en lágrimas lilas,
¡Armando!... ¡Armando!...

Julio Herrera y Reissig


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