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  ODA XXXVI
  LAS AVES

Dorila esquiva, tente;
Y escucha los suspiros
Que da la tortolilla,
Llorando a su querido.

Mira como en el árbol
Más seco, ronco el pico,
Sin luz el cuello hermoso,
Los ojos descaídos,

Se queda desmayada;
Y al cielo compasivo
Se vuelve, cual si diera
El último quejido.

Mírala ya elevada,
Ya inmóvil, ya al ruido
Más leve atenta que hace
Del viento el raudo silbo.

La muerte hirió a su esposo:
Fiel ella en su cariño
Cierra el llagado pecho
De amor al dulce alivio.

De chopo en chopo vaga
Buscando aquellos sitios
Mas lóbregos, que aumenten
Su duelo y su martirio.

¡Oh tórtola infelice!
¡Cuitada! ¿qué delirio
Te arrastra? ¿qué aprovecha
Tan ciego desvarío?

¿Por qué con roncos ayes
Profanas el asilo
Do solo de amor suenan
Sus delicados himnos?

¡Oh! ¡que en tu mal te engañas!
¡Te engañas! si el oído
Rebelde a los halagos
Cierras del nuevo amigo.

Las otras aves mira:
¡Qué fáciles! ¡qué vivos
Son siempre sus placeres!
¡Qué amorosos sus píos!

No buscan, no, las sombras
El valle más florido
Sus dichas ve y suspira
Con sus alegres trinos.

Ya en una débil rama
Al impulso benigno
Se mecen y recrean
Del vago cefirillo.

Y a la risueña fuente
Las ve en afán prolijo
Peinar sus bellas plumas
Al rayo matutino.

Y a en la yerba saltando
Y en alegre bullicio
El animo enajenan
Con mil juegos festivos.

¡Felices avecillas!
¡Oh! ¡cómo yo os envidio!
¡Oh! ¡si tan dulce suerte
Gozara el pecho mío!

Un gusto, unos placeres,
Un venturoso olvido
De lo pasado, libres
De envidias, de partidos,

Ni conocéis los celos,
Ni el pundonor altivo,
Vivir y amar compone
Vuestro feliz destino.

¡Qué ejemplo! ¡qué lecciones!
¿Serán, mi bien, contigo
Inútiles? ¿tu pecho
Será por siempre tibio?

No, Dorila: en buen hora
Siga en su duelo esquivo
La tórtola, y tú imita
Los tiernos pajarillos.

autógrafo

Juan Meléndez Valdés


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