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  ODA XL
  DE MI VIDA EN LA ALDEA

Cuando a mi pobre aldea
feliz escapar puedo,
las penas y el bullicio
de la ciudad huyendo,

alegre me parece
que soy un hombre nuevo,
y entonces sólo vivo,
y entonces sólo pienso.

Las horas que insufribles
allí me vuelve el tedio,
aquí sobre mí vagan
con perezoso vuelo.

Las noches que allá ocupan
la ociosidad y el juego,
acá los dulces libros
y el descuidado sueño.

Despierto con el alba,
trocando el muelle lecho
por su vital ambiente,
que me dilata el seno.

Me agrada de arreboles
tocado ver el cielo
cuando a ostentar empieza
su clara lumbre Febo.

Me agrada, cuando brillan
sobre el cénit sus fuegos,
perderme entre las sombras
del bosque más espeso;

si lánguido se esconde,
sus últimos reflejos
ir del monte en la cima
solícito siguiendo;

o si la noche tiende
su manto de luceros,
medir sus direcciones
con ojos más atentos,

volviéndome a mis libros,
do atónito contemplo
la ley que portentosa
gobierna el universo.

Desde ellos y la cumbre
de tantos pensamientos
desciendo de mis gentes
al rústico comercio;

y con ellas tomando
en sus chanzas empeños
la parte que me dejan,
gozoso devaneo.

El uno de las mieses,
el otro del viñedo
me informan, y me añaden
las fábulas del pueblo.

Pondero sus consejas,
recojo sus proverbios,
sus dudas y disputas
cual árbitro sentencio.

Mis votos se celebran,
todos hablan a un tiempo,
la igualdad inocente
ríe en todos los pechos.

Llega luego el criado
con el cántaro lleno,
y la alegre muchacha
con castañas y queso,

y todo lo coronan
en fraternal contento
las tazas que se cruzan
del vino más añejo.

Así mis faustos días,
de paz y dicha llenos,
al gusto que los mide
semejan un momento.

autógrafo

Juan Meléndez Valdés


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