CANSANCIO

    Gratitud más que amor siento por esa adolescente que cada tarde, a mi paso por delante de su ventana, recompensa con una sonrisa mi trabajo agobiador del día entero. Su inocencia no se ha espantado de mi tristeza que trasciende y contagia; para calmar mi desesperación, ella responde a mi galantería con un tímido silencio, mientras me envuelve en la más persistente de sus miradas dormidas, atenuando mi propio dolor y el que acabo de recoger a mi paso por los barrios de la miseria y del vicio.

    Imposible el amor cuando el porvenir ha caído al suelo, y la enfermedad de vivir arrecia como una lluvia helada y triste. Gratitud nada más para la adolescente que me protege contra la desgracia por todo el resto del día, siguiéndome con la vista hasta que desaparezco entre los transeúntes de la calle interminable. Gratitud también para la naturaleza que a esta hora del año se viste de funerales atavíos, haciéndome comprender que no estoy solo, que cuanto vive sufre, y todo vive.

    Sólo ella aparece  eludiendo la fatalidad del dolor; sobre su juventud se prolonga la inconsciente ventura de la infancia; ninguna pena ha paralizado la alegre locura de su risa, que es la de sus primeros años, a pesar de que ninguna frescura es tan deleznable en manos del tiempo como la de esa manifestación del regocijo. Se diría que la naturaleza no resiste a su gracia y se deja vencer; cuando la luz solar proclama su victoria, triunfa en sus ojos la noche, más luminosa cuanto más espesa, como algunos mares tropicales más fosforescentes cuanto más oscuros.

    Con su tranquila alegría no se aviene la aflicción que traza surcos en mi frente y doblega mi vida. Envenenaría su inocencia si la iniciara en el afán de la batalla sin reposo, si en cambio de su misericordia la hiciera comprender cómo asfixia la angustia por la ambición asesinada. No he de ayudar en contra de su bienestar a la desgracia oculta en cada momento que se acerca como una ola hinchando el seno rugidor. Es cruel adelantarla en pocos días a los desengaños que no aplazan su venida y a los torvos pensamientos que ciñen las frentes mustias en fúnebre ronda.

    Con misericordia correspondo a la suya, si de su quietud me alejo con el estéril miedo de la vida, huyendo de la sonrisa que enlaza. Ni vale más el amor que este suave recuerdo que conservaré de su aparición en momentos de mi más rudo vivir. Hundiéndose en el tiempo, su figura despierta afectos tranquilos, cual convienen a espíritus cansados; y ya el mío sólo alcanza fuerza para esa melancólica simpatía con que el viajero en reposo contempla la palmera lejana, encendida en el último adiós del sol, única compañera sobre la vasta soledad.

autógrafo
José Antonio Ramos Sucre


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