EL CRUZADO

    Los árboles, de columna desnuda, esparcen hacia arriba una armazón vigorosa, reparo de la frente del castillo.

    De los torreones cuelga una broza parásita, de crines ralas. Alí suben aves corpulentas de irónico rostro de gárgola.

    Desde mi ventana remontada miro a mis pies la ondulación de la floresta y, en un ángulo del horizonte, la luz espasmódica del relámpago.

    Huyeron lejos los días de andanza militar. Defendí contra el musulmán apartados reinos zozobrantes. Ejecutábamos y sufríamos una guerra de asechanza y campo abierto, perpetua y sin merced. Una noche de consternación dejé, entre aves de rapiña y acostado en un precipicio, el cadáver de mi hermano de armas. La luna asomaba por una brusca apertura del nublado.

    Un consejo interior me restituyó a esta vivienda, una vez convenida la paz. Derribé encinas y robles para vedar, tras de mí, las sendas y carriles de la selva. Escogí, por mi aposento, la sala de los trofeos de caza, donde sobresale un espejo nebuloso.

    El ocio y la monotonía recrecieron mi natural amargura, aliviada pasajeramente por el intervalo de trajín mundano.

    Sentía un desmayo de la voluntad, un rapto sobrenatural, efecto de presencia desconocida. Perdí la cuenta del tiempo y de su paso.

    Una vez quiso verme el más alegre de mis camaradas, y lo consiguió adivinando las veredas y sorteando los estorbos colocados de través.

    La ambición desengañada lo había reposado, confiriendo autoridad a su discurso. Había penetrado los secretos de la sabiduría.

    Me refirió las tradiciones de mi casa, los atropellos de mis antepasados y su término aciago. Mi orfandad temprana, mis hazañas de cruzado habían bastado a rescatarme del sino. Debía poner fin a mi raza, pasando a mejor vida sin descendientes.

    Por su mandamiento me acerqué al espejo nebuloso, momentáneamente esclarecido.

    Y allí miré, asombrado, mi faz de anciano.

autógrafo
José Antonio Ramos Sucre


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