EL PRESIDIARIO

    La aldea en donde pasé mi infancia no llegaba a crecer y a convertirse en ciudad. Las casas de piedra defendían difícilmente de la temperatura glacial. Habían sido trabajadas conforme un solo modelo desusado.

    Durante el breve estío dejaba a mi padre en su retiro habitual y salía fuera de poblado a correr tras de unos ánades holgados en la pradera. Yo esperaba alcanzarlos en su fuga a ras del suelo. Mis vecinos indolentes no se ocupaban de perseguirlos.

    No podía intentar otro medio de cazar las aves sino el de apresarlas con la mano. Yo carecía de arco y de honda y las piedras no se daban en aquel distrito.

    Mi padre vino a morir de una fiebre exigua y tenaz. Se había visto en el caso de beber el agua de las ciénagas. Su organismo se redujo a la voz cavernosa y a los ojos brillantes. Proveyó hasta el último aliento a mi invalidez de niño.

    Habría perecido de inanición si no me socorre un militar destinado a guarnecer un pueblo más ameno, asentado en una rada espaciosa. Me tomó de la mano el día del entierro y me llevó consigo. Los murmuradores me llamaban el hijo del deportado.

    Yo crecí a la sombra del militar caritativo. Se violentaba al verme desidioso y pusilánime. Yo me resistí a seguirlo cuando le retiraron el nombramiento y lo pasaron a un puerto del Mar Negro. La pesadumbre le impedía hablar cuando me abrazó por última vez.

    Caí desde ese momento en la mendicidad. Los consejos de un perdulario me alentaron al delito y me trajeron al presidio. Dedico las horas usuales del día a trasportar unas piedras graves de alzar hasta el hombro.

    El consejero de mi infortunio me visita en el curso de la noche inmóvil, cuando yazgo sobre el suelo de mi celda. Me fascina de un modo perentorio con los sones de su flauta originada de la tibia de un ahorcado.

autógrafo
José Antonio Ramos Sucre


subir  volver  Las formas del fuego (1929)   siguiente  anterior
aumentar tamaño letra reducir tamaño letra poema aleatorio