LA CIUDAD DE LAS PUERTAS DE HIERRO

    Yo rastreaba los dudosos vestigios de una fortaleza edificada, tres mil años antes, para dividir el suelo de dos continentes. Las torres se elevaban muy poco sobre las murallas, conforme la costumbre asiática. La antigüedad de aquella arquitectura se declaraba por la ausencia del arco.

    El paso de Alejandro, el vencedor de los persas, había difundido en aquel país un rumor imperecedero.

    Yo observé, desde un mirador de las ruinas, la disputa de Sergio y de Miguel, dos haraganes de origen ruso. Se les acusaba de haber asesinado y despojado a un caballero, cuando lo guiaban a través de un páramo. Se apropiaban de las reses heridas por los cazadores del vecindario. Superaban la perfidia del judío y del armenio.

    Miguel se retiró después de infligir a su adversario un golpe funesto y se encerró en la hostería donde yo me había alojado. Ninguna otra persona se había dado cuenta del caso.

    El herido murió la noche de ese mismo día, profiriendo injurias y maldiciones. Miguel no podía, a tan larga distancia, conciliar el sueño y llamaba a voces los compañeros de alojamiento para salvarse de alucinaciones constantes. Yo contribuí a serenarlo y lo persuadí a esperar, sin temor, hasta la mañana.

    Lo dejamos solo cuando empezaba a dormirse.

    Volvimos a su presencia después de entrado el día. Lo encontramos ahogado por unas manos férreas, distintas de las suyas.

autógrafo
José Antonio Ramos Sucre


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