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        HOMBRE QUE SE DESNUDA

Comenzó a despojarse de su traje
pero todo era un rastro de roperos,
de percheros confusos y de armarios,
de oscuras sastrerías saqueadas.
Una, otra prenda y otra y otra y otra,
mangas, perneras, sisas, cuellos, cuerpos.
Los trajes se enredaban como plumas,
se erigían en máquinas de ropa,
en torturantes flejes como fajas
que nunca se deslían, que prosperan,
que proliferan telas agobiantes.

Comenzó a despojarse de su nombre
pero todo era un rastro de papeles
nominativos, de expedientes, fichas,
documentos y sellos y registros.
Un nombre y otro nombre y otra huella,
la media filiación y los padrones.
Los nombres se hacen cuerda que se enrosca
al cuerpo, lo recorre y codifica,
lo signa para nunca, hierro ardiente,
hosca ganadería legendaria
con rebaños de tristes osamentas.

Comenzó a despojarse de sentires,
de herencias afectivas o congojas,
de besos cotidianos y sonrisas,
de lastre emocional y rosas mustias.
Mas la sentimentalidad es una tierra
húmeda y movediza y succionante,
un llamazar antiguo y sin orillas
de labios pantanosos y amarillos
y todo movimiento es arriesgado
y ya está en la cintura y ya en el cuello
y avanzar es hundirse para siempre.

autógrafo

Leopoldo de Luis


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