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        EL IGNORANTE

Me asusta el gran vacío en que me muevo.
Todo lo que ahora ignoro y lo que nunca
podré saber, mi múltiple ignorancia
inmensa y despoblada catacumba
por la que avanzo torpemente a ciegas.
Estoy hecho de inopias y renuncias.
Soy la luz negra, los oídos sordos.
Vivir apenas es la rosa oscura
que el olfato no capta. Soy los ojos
cerrados, fríos; soy la boca muda,
la mano que tantea realidades.
La realidad es un sol que se nubla.

Jamás sabré qué son estas mañanas
en que todo de nuevo se pronuncia,
ni qué son estas tardes en que todo
se torna violetas inseguras,
ni por qué están las noches envolviéndonos
en su placenta maternal, telúrica.

Jamás sabré qué son las cordilleras
en donde los demás seres se agrupan,
desde donde de pronto me descubren
donde la libertad propia me usurpan
o donde sin razón, sin merecerlo,
otras veces me ayudan.

Profano ante el misterio, bulto áfono
ante el prodigio azul que me circunda,
lego de las arcanas religiones
que las especies vivas perpetúan,
condenado a la agnosia y al silencio,
reo de incomprensión, miro la lluvia
levantar el milagro, entre los párpados
siento el sol que la vida misma enjuga,
percibo las terribles tensiones que se amansan,
en la apariencia cósmica de música.

Desahuciado ignorante establecido
en átona asofía, can que aúlla
en las terrazas de su desconsuelo
a la increíble y conquistada luna,
busco sólo, ya en esta hora de ocaso,
entre tus manos, cuando tú las juntas
tan amorosamente con las mías,
algo de amor que mi ignorancia supla.

autógrafo

Leopoldo de Luis


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