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        AUNQUE ES DE NOCHE

«Aunque es de noche»

San Juan de la Cruz

Había atravesado caminos como mundos,
ciudades como tumbas y mares como olvidos.
Y traía los ojos como sueños profundos,
como cielos heridos.

  En sus ojos de sombra nos miramos. Espejos
silenciosos de noche. Luna de soledades.
Emergió nuestra imagen lentamente de lejos,
de perdidas edades.

    Se concitaron rostros olvidados, espumas
felices y paisajes que ahora el recuerdo nieva.
Sumidos materiales de vida; leves plumas
que la inocencia eleva.

  Manos con sus pequeñas raíces infantiles
que aún descuelgan sus frutos de frías acideces.
Árboles que sombrean avenidas de abriles.
Amor de tantas veces.

  Humildes servidumbres de objetos familiares.
Monedas de sonrisas, de rencores, de pena,
con que fuimos comprando años crepusculares
que ahora el dolor ordena.

  Huellas como hojas secas, desenterrados dioses
fungibles. Esperanzas de quebrado alabastro.
Clausuradas estancias y pálidos adioses.
Todo súbito rastro.

  Nos vimos sucesiva, mortalmente anegados
de oleadas de tiempo, de lluvias tumultuosas.
Desde los hondos pozos del recuerdo lanzados,
desde sus ciegas fosas,

  hasta aquellos dos nichos de soledad herida
donde se sepultaban inevitables muertos,
donde se reencontraba turbiamente la vida,
los años descubiertos.

  Nos sentimos distintos. Hijos de un tiempo extraño.
Nacidos de una tierra que el odio transfigura.
La soledad tenía nuestro propio tamaño,
nuestra misma estatura.

  Nos vimos recorriendo planicies de ceniza,
campos donde la sangre rabiosamente prende,
surcos por donde el grano sólo en hambre se eriza,
montes que el sol no enciende.

  Albas que rebotaron su terrible pelota
de esquina a esquina y en pretiles ciegos,
por las que desfilamos hacia la tarde rota,
herida a carne y fuego.

  Bosque que animaliza, que levanta
levas de instinto torpe, sordas piedras,
cerrando de los pies a la garganta
sus ancestrales yedras.

  Nos sentimos nacer entre disparos
de plomo y odio, entre feroz acecho:
ya no éramos aquellos que fuimos, ni los claros
días que están dentro del pecho.

  Se nos iban historias, devoraban historias
felices esos ojos, esa fantasmal ave
que trajo hasta las tierras de inocentes memorias
la hombría amarga y grave.

  Unos ojos de noche donde nunca hay mirada,
del fondo de los nuestros la vida recogían.
Unos ojos, un hielo, una pena, una nada,
una noche, se abrían.

  Una noche se abría como un campo de guerra,
como sangre que sacia el ansia de un desierto,
como un rencor, como una deshabitada tierra.
  Una noche se ha abierto.
Desterrados de un alba que el corazón aún sueña,
de un amor, de una aurora que el corazón querría.
Poblando de humo triste, de soledad pequeña,
una casa vacía.

  Pero seguimos siempre. La oscuridad tanteamos.
Ciegos, torpes, heridos contra las sombras prietas.
Tenazmente, en el muro de las sombras cavamos
rabiosamente grietas.

  Desde la pena puede abrirse la esperanza
como desde la noche nacer la aurora pura.
El corazón del hombre a la luz se abalanza
de una gran hendidura.

  De un tajo en la tiniebla, una alegría
donde otros hombres pisarán seguros.
Aunque es de noche vamos elaborando el día
de esos hombres futuros.

  Las sendas de la aurora transitan por la falda
sombría de la noche; las que al hombre renuevan
cruzan por nuestro pecho, pesan en nuestra espalda,
nuestros hombros las llevan.

  Tajos de luz, tajos de vida, tajos
de esperanza. La noche se estremece.
Caminamos buscándolo: el día en los atajos
del mundo, crece y crece.

  Acaso cuando alumbre nos hayamos perdido
ya un poco entre la niebla de nuestra propia pena.
Nuestros pasos cansados resonarán a olvido
por avenidas de callada arena.

  Aún tendremos acaso esta antigua costumbre
de mirar con extraña manera dolorida.
Porque llevamos dentro, hiriéndonos la lumbre,
y aunque es de noche amamos nuestra vida.

autógrafo

Leopoldo de Luis


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