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        INVITACIÓN

...Call me...

Larga lengua del mar
sin calma en la mirada del regreso
esta calle que puebla su soledad con hojas,
que se enreda en la luz como un racimo
de sombras o de barro,
de periódicos húmedos
sobre el aceite añil de las baldosas,
y carmín olvidado en las paredes,
y jardines con dudas
y la hiedra
sumergiendo los hierros burgueses de la puerta.

Larga lengua del mar en mi memoria.

Bajo la luz francesa se recrean
el número vigía en los portales,
la pequeña sirena reflejada,
sus labios sobre el agua,
el teatro vacío de los músicos
esperando el domingo.
Todo como un reclamo primitivo,
el aire que levanta la cabeza
del corazón y empuja
al oficio extranjero de escribir su nostalgia.

Y nada es neutro,
ni siquiera las sombras de las casas antiguas
preguntando
su paisaje perdido en las aceras,
ni siquiera la grúa
que lejana,
hermosa como un cisne,
tiende su largo cuello y lo descansa
sobre el alero gris del horizonte.

Yo bajé a la ciudad
en esa hora incierta,
presentida,
donde tiritan todos los semáforos,
en ese campo oscuro,
dibujado,
donde sopla la brisa de los taxis
con su reflejo a musgo,
donde la luz oculta
las ojeras brillantes de los barrios,
poniendo en cada cuerpo
una mirada larga, una escena vacía.

Yo estuve en la ciudad,
y entristecido al tiempo de recorrer sus signos,
vagabundo en la luz de los escaparates,
quiero doblar la esquina,
descubrir otra espalda,
buscar un corazón municipal y amigo
que me abra la puerta de sus ojos
y me invite a pasar.

Llámame,
voy a volver contigo,
recorriendo despacio las calles que no existen
cuando tú no me llamas,
caminando por ti
a través de la ira pequeña de la tarde.
Llámame,
son apenas las ocho, apenas una leve
sonoridad de vida
regresa en las aceras,
se confunde en la prisa de los adolescentes,
precipita su paso por las últimas tiendas,
abre su colorido
metálico y humano
de parejas en coches abrazadas,
extraños que se miran
bajo la carpa incierto del deseo,
bajo la luna artificial.

Mírame regresando
sobre las altas casas de este abril distraído,
yo que tanto temía las frontera.

Entre los árboles,
el sol parece el ojo de un borracho.

Llámame,
hoy es otro el horario,
es distinto el calor de su reinado,
la imagen de unos siervos con sangre diferente,
con dignidad de seres racionales,

corazones pensantes que podrían hablar
si no estuviesen solos,
si alguien los llamara.

Pero todo convoca en tu presencia:
mírame regresando.

Los portales abiertos,
los anuncios,
me recuerdan tu piel,
ese reino sin dudas
donde pretendo hablar del horizonte.

El horizonte
como la barra sucia de un bar desconocido
en la que nunca me podré apoyar.

autógrafo

Luis García Montero


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