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        IX

Quizás sólo nos falte
ser algo menos jóvenes, sentir en otro tono
más distante la vida,
                        sin abusos
con nuestra inevitable humanidad.

De nuevo el paraíso.
Otra vez en la suerte de una casa
no demasiado grande, bajo el sol de los viernes,
un refugio sincero en la colina
donde mirar la tierra con forma de caricia,
mientras marzo se va y abril levanta
la frente de los campos heredados,
a dos horas de viaje.

Junto al cristal dolido de la puerta,
me gusta comprobar que te desean
las raíces por mí, cuando se ciñen
con sus dedos salvajes a tu cuerpo,
a tus enormes días de pezones pequeños,
como sombras de olivo.
Igual que lo hace un sueño, bajas por la pendiente
para dormir conmigo,
incendiando
el encubierto reino de la luz retirada,
que no calla los pleitos de la carne
ni le pone distancia
al ruido mundanal de su vocabulario,
heredado también con estas piedras.

Aunque es más blanco el humo de los leños
y flota en son de paz
sobre el envejecido silencio de estos montes,
aunque los himnos del atardecer
debilitan las voces, acercándolas,
no conozco la senda que me aparte
de un cuerpo al que pedirle dignidad,
un cuerpo no invitado
a sus aniversarios, ese calor litúrgico
de los antepasados
y los bailes antiguos
con los hombros desnudos
parecidos al mar.

Es imposible retirarse a tiempo.

Es imposible,
mientras yo me aventuro a sorprendemos,
decirte, conocerte,
tener un privilegio.
y de nada nos sirven estas horas
que no son de tu edad ni de la mía.

autógrafo

Luis García Montero


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