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                V

En los lavabos de los bares nocturnos los espejos responden a las preguntas de la gente. ¿Sigue siendo mía esta ciudad? Hay momentos de plenitud que se merecen una respuesta afirmativa, porque los ojos nadan en la música y conocen el idioma de la sugerencia y la felicidad. Pero hay un día en que el espejo hechizado nos habla de otro mundo que nace sin nosotros, la hermosura de una Blancanieves que no provoca envidia ni cólera, sino la marca definitiva del extranjero. Granada tiene entonces una manera distinta de besarse, otro modo de beber, otra ropa, una agenda diferente, una noche de nuevas direcciones. El espejo le dice al extranjero que la ciudad no es suya, y el extranjero comprende la siniestra voz de los números de teléfono, la hierba que brota en la neutralidad arruinada de las matemáticas, la distancia que cabe en un nombre cercano. Hay tachaduras que nos miran desde el papel como nos mira un cuerpo desnudo en la memoria.

El extranjero se va quedando sin ciudad y se imagina las huellas de su propio olvido, el número de veces que habrá perdido su nombre en las fotografías.

autógrafo

Luis García Montero


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