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    RELATO DE LOS OFICIOS Y MENESTERES DE BEREMUNDO

Yo, Beremundo el Lelo, surqué todas las rutas
y probé todos los mesteres.
Singlando a la deriva, no en orden cronológico ni lógico —en sin orden—
narraré mis periplos, diré de los empleos con que nutrí mis ocios,
distraje mi hacer nada y enriquecí mi hastío...;
—hay de ellos otros que me callo—:
Catedrático fui de teosofía y eutrapelia, gimnopedia y teogonía y pansofística en Plafagonia;
barequero en el Porce y el Tigüí, huaquero en el Quindío,
amansador mansueto —no en desuetud aún— de muletos cerriles y de onagros, no sé dónde;
palaciego proto-Maestre de Ceremonias de Wilfredo el Velloso,
de Cunegunda ídem de ídem e ibídem —en femenino— e ídem de ídem de Epila Calunga
y de Efestión —alejandrino— el Glabro;
desfacedor de entuertos, tuertos y malfetrías, y de ellos y ellas facedor;
domeñador de endriagos, unicornios, minotauros, quimeras y licornas y dragones... y de la Gran Bestia.

Fui, de Sind-bad, marinero; pastor de cabras en Sicilia
si de cabriolas en Silesia, de cerdas en Cerdeña y —claro— de corzas en Córcega;
halconero mayor, primer alcotanero de Enguerrando Segundo —el de la Tour-Miracle—;
castrador de colmenas, y no de Casanovas, en el Véneto, ni de Abelardos por el Sequana;
pajecillo de altivas Damas y ariscas Damas y fogosas, en sus castillos
y de pecheras —¡y cuánto!— en sus posadas y mesones
—yo me era Gerineldos de todellas y trovador trovadorante y adorante; como fui tañedor
de chirimía por fiestas candelarias, carbonero con Gustavo Wasa en Dalecarlia, bucinator del Barca Aníbal
y de Scipión el Africano y Masinisa, piloto de Erik el Rojo hasta Vinlandia, y corneta
de un escuadrón de coraceros de Westmannlandia que cargó al lado del Rey de Hielo
—con él pasé a difunto— y en la primera de Lutzen.

Fui preceptor de Diógenes, llamado malamente el Cínico:
huésped de su tonel, además, y portador de su linterna;
condiscípulo y émulo de Baco Dionisos Enófilo, llamado buenamente el Báquico
—y el Dionisíaco, de juro—.

Fui discípulo de Gautama, no tan aprovechado: resulté mal budista, si asaz contemplativo.
Hice de peluquero esquilador siempre al servicio de la gentil Dalilah,
(veces para Sansón, que iba ya para calvo, y —otras— depilador de sus de ella óptimas partes)
y de maestro de danzar y de besar de Salomé: no era el plato de argento,
mas sí de litargirio sus caderas y muslos y de azogue también su vientre auri-rizado;
de Judith de Betulia fui confidente y ni infidente, y —con derecho a sucesión— teniente y no lugarteniente
de Holofernes no Enófobo (ni enófobos Judith ni yo, si con mesura, cautos).
Fui entrenador (no estrenador) de Aspasia y Mesalina y de Popea y de María de Mágdalo
e Inés Sorel, y marmitón y pinche de cocina de Gargantúa
—Pantagruel era huésped no nada nominal: ya suficientemente pantagruélico-.
Fui fabricante de batutas, quebrador de hemistiquios, requebrador de Eustaquias, y tratante en viragos
y en sáficas —algunas de ellas adónicas— y en pínnicas —una de ellas super-fémina—:
la dejé para mí, si luego ancló en casorio.
A la rayuela jugué con Fulvia; antes, con Palamedes, axedrez, y, en época vecina, con Philidor, a los escaques;
y, a las damas, con Damas de alto y bajo coturno
—manera de decir: que para el juego en litis las Damas suelen ir descalzas
y se eliden las calzas y sustentadores —no funcionales— en las Damas y las calzas en los varones.

Tañí el rabel o la viola de amor —casa de Bach, búrguesa— en la primicia
de La Cantata del Café (pre-estreno, en familia protestante, privado).
Le piqué caña jorobeta al caballo de Atila
—que era un morcillo de prócer alzada: me refiero al corcel—;
cambié ideas, a la par, con Incitato, Cónsul de Calígula, y con Babieca,
—que andaba en Babia—, dándole prima
fui zapatero de viejo de Berta la del gran pie (buen pie, mejor coyuntura),
de la Reina Patoja ortopedista; y hortelano y miniaturista de Pepino el Breve,
y copero mayor faraónico de Pepe Botellas, interino,
y porta-capas del Pepe Bellotas de la esposa de Putifar.

Viajé con Julio Verne y Odiseo, Magallanes y Pigafetta, Salgan, Leo e Ibn-Batuta,
con Melville y Stevenson, Fernando González y Conrad y Sir John de Mandeville y Marco Polo,
y sólo, sin De Maistre, alredor de mi biblioteca, de mi oploteca, mi mecanoteca y mi pinacoteca.
Viajé también en tomo de mí mismo: asno a la vez que noria.

Fui degollado en la de San Bartolomé (post facto): secundaba a La Môle:
Margarita de Valois no era total, íntegramente pelirroja
—y no porque de noche todos los gatos son pardos...: la leoparda,
las tres veces internas, íntimas, peli-endrina,
Margarita, Margotón, Margot, la casqui-fulva...—

No estuve en la nea nao —arcaica— de Noé, por manera
—por ventura, otrosí— que no fui la paloma ni la medusa de esa almadía: mas sí tuve a mi encargo
la selección de los racimos de sus viñedos, al pie del Ararat, al post-Diluvio,
yo, Beremundo el Lelo.

Fui topógrafo ad-hoc entre El Cangrejo y Purcoy Niverengo,
(y ad-ínterim, administré la zona bolombólica:
mucho de anís, mucho de Rosas del Cauca, versos de vez en cuando),
y fui remero —el segundo a babor— de la canoa, de la piragua
La Margarita (criolla), que navegó fluvial entre Comiá, La Herradura, El Morito,
con cargamentos de contrabando: blancas y endrinas de Guaca, Titiribí y Amagá, y destilados
de Concordia y Betulia y de Urrao...
¡Urrao! ¡Urrao! (hasta hace poco lo diríamos con harta mayor razón y con aquese y este júbilos).
Tras de remero de bajel —y piloto— pasé a condueño, co-editor, co-autor
(no Coadjutor... ¡ni de Retz!) en asocio de Matías Aldecoa, vascuence, (y de un tal Gaspar von der Nacht)
de un Libraco o Librículo de pseudo-poemas de otro quídam;
exploré la región de Zuyaxiwevo con Sergio Stepánovich Stepansky,
lobo de donde se infiere, y, en más, ario.

Fui consejero áulico de Bogislao, en la corte margravina de Xa-Netupiromba
y en la de Aglaya crisostómica, óptima circezuela, traidorcilla;
tañedor de laúd, otra vez, y de viola de gamba y de recorder,
de sacabuche, otrosí (de dulzaina - otronó) y en casaciones y serenatas y albadas muy especializado.
No es cierto que yo fuera —es impostura—
revendedor de bulas (y de mulas) y tragador defuego y engullidor de sables y bufón en las ferias
pero sí platiqué (también) con el asno de Buridán y Buridán,
y con la mula de Balaám y Balaám, con Rocinante y Clavileño y con el Rucio
—y el Manco y Sancho y don Quijote—
y trafiqué en ultramarinos: ¡qué calamares —en su tinta—!,
¡qué Anisados de Guarne!, ¡qué Rones de Jamaica!, ¡qué Vodkas de Kazán!, ¡qué Tequilas de México!,
¡qué Néctares de Heliconia! ¡Morcillas de Itagüí! ¡Torreznos de Envigado! ¡Chorizos de los Ballkanes! ¡Qué Butifarras cataláunicas!
Estuve en Narva y en Pultawa y en las Queseras del Medio, en Chorros Blancos
y en El Santuario de Córdova, y casi en la de San Quintín
(como pugnaban en el mismo bando no combatí junto a Egmont por no estar cerca al de Alba;
a Cayetana sí le anduve cerca tiempo después: preguntádselo a Goya);
no llegué a tiempo a Waterloo: me distraje en la ruta
con Ida de Saint-Elme, Elselina Vanayl de Yongh, viuda del Grande Ejército (desde antaño... más tarde)
y por entonces y desde años antes bravo Edecán de Ney—:
Ayudante de Campo... de plumas, gongorino.
No estuve en Capua, pero ya me supongo sus mentadas delicias.

Fabriqué clavicémbalos y espinetas, restauré virginales, reparé Stradivarius
falsos y Guarnerius apócrifos y Amatis quasi Amatis.
Cincelé empuñaduras de dagas y verduguillos, en el obrador de Benvenuto,
y escriños y joyeles y guardapelos ad-usum de Cardenales y de las Cardenalesas.
Vendí Biblias en el Sinú, con De la Rosa, Borelly y el ex-pastor Antolín.
Fui catador de tequila (debuté en Tapachula y ad-látere de Ciro el Ofiuco)
y en México y Amecameca, y de mezcal en Teotihuacán y Cuernavaca,
de Pisco-sauer en Lima de los Reyes,
y de otros piscolabis y filtros muy antes y después y por Aná del Aburrá, y doquiérase
con El Tarasco y una legión de Bacos Dionisos, pares entre Pares.
Vagué y vagué si divagué por las mesillas del café nocharniego, Mil Noches y otra Noche
con el Mago de lápiz buido y de la voz asordinada.
Antes, muy antes, bebí con él, con Emmanuel y don Efe y Carrasca, con Tisaza y Xovica y Mexía y los otros Panidas.
Después..., ahora..., mejor no meneallo y sí escanciallo y persistir en ello...

Dicté un curso de Cabalística y otro de Pan-Hermética
y un tercero de Heráldica,
fuera de los cursillos de verano de las literaturas bereberes —comparadas—.
Fui catalogador protonotario en jefe de la Magna Biblioteca de Ebenezer el Sefardita,
y —en segundo— de la Mínima Discoteca del quídam en referencia de suso:
no tenía aún las Diabelli si era ya dueño de las Goldberg;
no poseía completa la Inconclusa ni inconclusa la Décima (aquestas Sinfonías, Variaciones aquesas:
y casi que todello —en altísimo rango— tan Variaciones Alredor de Nada).

Corregí pruebas (y dislates) de tres docenas de sota-poetas
—o similares— (de los que hinchen gacetilleros a toma y daca).
Fui probador de calzas —¿prietas?: ceñidas, sí, en todo caso— de Diana de Meridor
y de justillos, que así veníanle, de estar atán bien provista
y atán rebién dotada —como sabíalo también y así de bien Bussy d’Amboise—.
Temperé virginales —ya restaurados—, y clavecines, si no como Isabel, y aunque no tan baqueano
como ése de Eisenach, arroyo-Océano.
Soplé el fagot bufón, con tal cual incongruencia, sin ni tal cual donaire.
No aporreé el bombo, empero, ni entrechoqué los címbalos.

Les saqué puntas y les puse ribetes y garambainas a los vocablos,
cuando diérame por la Semasiología, cierta vez, en la Sorbona de Abdera,
sita por Babia, al pie de los de Úbeda, que serán cerros si no valen por Monserrates,
sin cencerros. Perseveré harto poco en la Semántica —por esa vez—,
si, luego retorné a la andadas, pero a la diabla, en broma:
semanto-semasiólogo tarambana pillín pirueteante.
Quien pugnó en Dénnevitz con Ney, el peli-fulvo
no fui yo: lo fue mi bisabuelo el Capitán...;
y fue mi tatarabuelo quien apresó a Gustavo Cuarto:
pero sí estuve yo en la Retirada de los Diez Mil
—era yo el Siete Mil Setecientos y Setenta y Siete,
precisamente—: releed, si dudaislo, el Anábasis.
Fui celador intocable de la Casa de Tócame-Roque, —si ignoré cuyo el Roque sería—,
y de la Casa del Gato-que-pelotea; le busqué tres pies al gato
con botas, que ya tenía siete vidas y logré dar con siete autores en busca de un personaje
—como quien dice Los Siete contra Tebas: ¡pobre Tebas!—, y ya es jugar bastante con el siete.
No pude dar con la cuadratura del círculo, que —por lo demás— para nada hace falta,
mas topé y en el Cuarto de San Alejo, con la palanca de Arquimedes y con la espada de Damocles,
ambas a dos, y a cual más, tomadas del orín y con más moho
que las ideas de yo si sé quién mas no lo digo:
púsome en aprietos tal doble hallazgo; por más que dije: ¡Eureka! ...: la palanca ya no servía ni para levantar un falso testimonio,
y tuve que encargarme de tener siempre en suspenso y sobre mí la espada susodicha.

Se me extravió el anillo de Saturno, mas no el de Giges ni menos el de Hans Carvel;
no sé qué se me ficieron los Infantes de Aragón y las Nieves de Antaño y el León de Androcles y la Balanza
del buen Shylock: deben estar por ahí con la Linterna de Diógenes:
—¿mas cómo hallarlos sin la linterna?

No saqué el pecho fuera, ni he sido nunca el Tajo, ni me di cuenta del lío de Florinda,
ni de por qué el Tajo el pecho fuera le sacaba a la Cava,
pero sí vi al otro don Rodrigo en la Horca.
Pinté muestras de posadas y mesones y ventas y paradores y pulquerías
en Veracruz y Tamalameque y Cancán y Talara, y de riendas de abarrotes en Cartagena de Indias, con Tisaza—,
si no desnarigué al de Heredia ni a López fice tuerto —que era bizco—.
Pastoreé (otra vez) el Rebaño de las Pléyades
y resultaron ser —todellas, una a una— ¡qué capretinas locas!
Fui aceitero de la alcuza favorita del Padre de los Búhos Estáticos:
—era un Búho Sofista, socarrón soslayado, bululador mixtificante—.
Regí el vestier de gala de los Pingüinos Peripatéticos,
(precursores de Brummel y del barón d'Orsay,
por fuera de filósofos, filosofículos, filosofantes dromomaníacos)
y apacenté el Bestiario de Orfeo (delegatario de Apollinaire),
yo, Beremundo el Lelo.

Nada tuve que ver con el asesinato de la hija del corso adónico Sebastiani
ni con ella (digo como pesquisidor, pesquisante o pesquisa)
si bien asesoré a Edgar Allan Poe como entomólogo, cuando El Escarabajo de Oro,
y en su investigación del Doble Asesinato de la Rue Morgue,
ya como experto en huellas dactilares o quier digitalinas.
Alguna vez me dio por beberme los vientos o por pugnar con ellos —como Carolus
Baldelarius— y por tomar a las o las de Villadiego o a las sus calzas:
aquesas me resultaron harto potables —ya sin calzas—; ellos, de mucho volumen
y de asaz poco cuerpo (si asimilados a líquidos, si como justadores).
Gocé de pingües canonjías en el reinado del bonachón de Dagoberto,
de opíparas prebendas, encomiendas, capellanías y granjerías en el del Rey de los Dipsodas,
y de dulce privanza en el de doña Urraca
(que no es la Gazza Ladra de Rossini, si fuéralo
de corazones o de amantes o favoritos o privados o martelos).

Fui muy alto cantor, como bajo cantante, en la Capilla de los Serapiones
(donde no se sopranizaba...); conservador,
conservador —pero poco— de Incunables, en la Alejandrina de Panida,
(con sucursal en El Globo y filiales en el Cuarto del Búho).

Hice de Gaspar Hauser por diez y seis hebdémeros
y por otras tantas semanas y tres días fui la sombra,
la sombra misma que se le extravió a Peter Schlémil.

Fui el mozo —mozo de estribo— de la Reina Cristina de Suecia
y en ciertas ocasiones también el de Ebba Sparre.
Fui el mozo —mozo de estoques— de la Duquesa de Chaumont
(que era de armas tomar y de cálida sélvula): con ella pus mi pica en Flandes
-sobre holandas—.

Fui escriba de Samuel Pepys —¡qué escabroso su Diario!—
y sustituto suyo como edecán adjunto de su celosa cónyuge.
Y fuí copista de Milton (un poco largo su Paraíso Perdido,
magüer perdido en buena parte: le suprimí no pocos Cantos)
y a la su vera reencontré mi Paraíso (si el poeta era ciego; —¡qué ojazos los de su Déborah!).

Fui traductor de cablegramas del magnífico Jerjes;
telefonista de Artajerjes el Tartajoso; locutor de la Esfinge
y confidente de su secreto; ventrílocuo de Darío Tercero Codomano el Multilocuo,
que hablaba hasta por los codos;
altoparlante retransmisor de Eubolio el Mudo, yerno de Tácito y su discípulo
y su émulo; caracola del mar océano eólico ecolálico y el intérprete
de Luis Segundo el Tartamudo —padre de Carlos el Simple y Rey de Gaula.
Hice de andante caballero a la diestra del Invencible Policisne de Beocia
y a la siniestra del Campeón olímpico Tirante el Blanco, tirante al blanco:
donde ponía el ojo clavaba su virote;
y a la zaga de la fogosa Bradamante, guardándole la espalda
—manera de decir—
y a la vanguardia, mas dándole la cara, de la tierna Marfisa...

Fui amanuense al servicio de Ambrosio Calepino
y del Tostado y deMatías Aldecoa y del que urdió el Mahabarata;
fui —y soylo aún, no zoilo— graduado experto en Lugares Comunes
discípulo de Leon Bloy y de quien escribió sobre los Diurnales.
Crucigramista interimario, logogrifario ad-valorem y ad-placerem
de Cleopatra: cultivador de sus brunos pitones y pastor de sus áspides,
y criptogramatista kinesiólogo suyo y de la venus Calipigia, ¡viento en popa a toda vela!
Fui tenedor malogrado y aburrido de libros de banca,
tenedor del tridente de Neptuno,
tenedor de librejos —en los bolsillos del gabán (sin gabán) collinesco—,
y de cuadernículos —quier azules— bajo el ala.
Sostenedor de tesis y de antítesis y de síntesis sin sustentáculo.
Mantenedor —a base de abstinencias— de los Juegos Florales
y sostén de los Frutales —leche y miel y cerezas— sin ayuno.
Porta-alfanje de Harún-al-Rashid, porta-mandoble de Mandricardo el Mandria,
porta-martillo de Carlos Martel,
porta-fendiente de Roldán, porta-tajante de Oliveros, porta-gumía
de Fierabrás, porta-laaza de Lanzarote (¡ búen Lancelot tan dado a su Ginevra!)
y a la del Rey Artús, de la Ca... de la Mesa Redonda...;
porta-lámpara de Al-Eddin, el Loca Suerte, y guardián y cerbero de su anillo
y del de los Nibelungos: pero nunca guardián de serrallo ni cancerbero ni evirato de harem...
Y fui el Quinto de los Tres Mosqueteros (no hay quinto peor) —veinte años después—.

Y Faraute de Juan Sin Tierra y fiduciario de Juan Sin Casa,
pavor de Juan Sin Miedo y el tercer Juan de Juan de Juanes,
cardador de las de Juan Lanas y enemigo íntimo de Juan de la Cosa cuya cosa no es cosa del otro jueves...
Corazón de Ricardo Corazón de León; arco de Tell; y peto de Juana la Buena Lorena;
ojo derecho de Filipo, monóculo del Cíclope, báculo de Homero y tapa-ojos de Argos.
Contramaestre de El Olonés y de Morgan, del Capitán Blood, del Capitán Kidd y de John Silver
y del Corsario Negro: ¡Truenos de Hamburgo! ¡Cataratas del Niágara! ¡Voto a San Crótatas!
¡Terremotos de Cúcuta, de Cácota y de Chinácota!

Fui Sigisbeo de la Duquesa de Longueville,
que no era nada corta, de la Duquesa de Chevreuse, que, si accedía, nunca le daba largas;
caballero sirviente, id est patito de Angela Pietragua,
pajecillo de Hortensia de Beauharnais
la bien nombrada (y su Bello Dunois), y de Paulina, de óptimo arnés otrosí y no de mármol sino para Cánova;
querubino de la de Abrantès y —antes— chichisbeo de la de Alba
—no tan alba, que era aceituna morena—,
de la de Alba (cuando Goya no se hacía el sordo sino que parecía ciego)
—la del alba fue siempre con la de Alba...: ¡qué Maja Cayetana tan incandescente!

Y fui Gran Senescal del Príncipe Labrunie de Aquitania, —de la abolida
torre, según Nerval El Desdichado;
Si Senescal —a secas— del Barón de Tenebria y de Tantalia,
y Canciller de Velludo de Giulia Doni, mi dulce Dogaresa.

Fui cata-salsas de Brillat-Savarin y de Vatel,
cata-vinos de Sir John Falstaff,
cataplasma de sus —pero muy poco— las Alegres Comadres de Windsor,
Catabaucalesista desvelado de don Insomnio de Claro en Claro Perencejo;
re-cata Catalinas de Rusia (o piel de Rusia);
cata-vientos de la Rosa de todos ellos y de algotros
—yo entre aquestos— y cata... cata que no la vi...

Fui mistagogo. Fui Proto-Mago. Archipámpano (algunas veces)
pero en renunca y jamás architriclino no coribante ni corifeo
—y, menos, cauda o séquito ni ataharre del último—
ni soplapitos ni majagranzas ni mascatrapos ni papanatas papamoscas.

Fui Mercader de Venecia, tercero de los Menekmes y uno de los Dos Hidalgos de Verona,
ninguno de Los Siete Infantes de Lara,
y el décimo tercero de los Doce Pares de Francia
que serían —ellos— Veinticuatro, de no ser nones...;
y aljofifero del Yelmo de Mambrino:
no hay tal bacía de barbero (ni tal Barbero de Sevilla, ni tal Barbero de Bagdad);
y postulado fuí Alcabalero y Alto Empleado en la Intendencia de Dimes y  Diretes
y en la de Dares y Tomares y de Correveidiles de la Cooperativa
de Ingenios Azucareros
—Sección de Aprovechamiento de sub-productos manidos, y de carameleo;
no aproveché para tales, como es obvio, mas sí para dador de gajes en la Ínsula Barataria
—que era península— y distribuidor exclusivo del de Sancho Primero el Lilaila, refranero.

Fui perito en esdrujulogía, sobreesdrujulogía y en pan-caótica y en pan-elíptica,
yo, Beremundo el Lelo, yo, Beremundo;
fui, y sigo siéndolo, batólogo muy emérito y catacrétíco y ecolálico;
y, de fuste, cultor del disparate, del dislate, del despropósito, de la pirueta, la gambeta, el gambito y la broma befante;
y Musurgo redoctorado o Licenciado en Licencias
—según decía de sí Fray Tomás de la Carrasca—;
y timonel de Argos alado navío,
galeote de la galera de Cyrano Hércules y Saviniano de Bergerac —antes de que Molière se la apropiara—,
gaviero de mesana del de Espronceda bajel pirata, o quizá el propio Billy Budd;
grumete del de Odiseo —iy escuché a las Sirenas!—;
soy, de mi nao fantasma único a bordo
—la Nao Hiperetusa—;
y fui zahorí, y orsado zahorí, ducho en argucias
y tiquismiquis y triquiñuelas y trucos y retrucos y retruécanos y mojigangas.
No aproveché —reitérolo y ratifícolo— para corre-ve-y-dile
ni para vuelva-luego ni para pilar de antesala, ni para quitamotas de validos.

Fui fabulador milesio (sin ser Asno de Oro
ni Becerro de lo mismo);
coronista mixtificador —luego— y aleccionado
por Courtil de Sandraz, y —en más— tratante
dulcamara en especias, sanalotodos, penicilinas, panaceas. baratijas y en fruslerías y sederías:
cambalachero, chamarilero (paradislero de yapa), buhonero y Autólico;
y fabricante de celadas, yelmos, almetes, egidas y cotas
(celadas, ¡oh, don Mendacio!, en cuanto piezas de armadura o ardid en los escaques,
nada más, ¡don Falacio!, ¡don Rahecio!).

Torno a decir que no desnarigué a don Pedro de Heredia
ni a Malco o Midas desorejé, ni fui el inventor de la pólvora,
ni el que asó la manteca,
ni el que —hace poco— descubrió a Londres, sobre el Támesis
ni a Stratford-on-Avon (que éste fuera Shakespeare,
y aquél..., ya no memoro, silo dijera Chesterton);
mas sí desbaraté —con Martín Vélez— un mercado
dominical, en Concordia de Ñito, y allí sufrí prisión,
y otro mercado en Titiribí, y padecí extrañamiento;
prisión también obtuve en Heliconia por inquirir por el de Guaca.

Ya trataré de otras prisiones... La última y reciente ¡y en qué ergástula!
narraréla otro día (y es capítulo aparte...).

Practiqué la Quiromancía y la Necromancía
con fracaso rotundo —aún numulario—;
me dio por la Antropofagia —cierta vez— en la Hélade:
¡qué estupendo caníbal!
¡y qué ricas las Nueve Musas y las Tres Gracias y las Cincuenta hijas de Danae!
Profesé la Microbiótica e investigué la Macrocefálica
y la Fálica, con lo que no me fice rico —nuevo ni viejo—;
¡como Genealogista si coseché lauto provecho pingüe!:
cada quien resultó tataranieto
—si no chozno— de doña Berenguela de No Sé Cuántos Ni de Cuáles,
o de don Fruela —que murió célibe—,
del Arcipreste de Hita o de don Suero que era huero,
si no de la Marquesa de Puño-en-Rostro y Dando-y-Dando, la muy Grandísima de España e Indias,
o de la Isabelona...
(sin contar con que no se encontró un judío ni por treinta dineros
y ni buscándolo con la propia de Diógenes —ique ya es linterna!).
Pero me fastidió la Genealogística Hispánica acondicionada
y me di al laboreo de las minas que es afición atávica improductiva.
Descubrí placeres mineros y otros, en la Andágueda
—con Efe Gómez— y por Bebaramá: poco platino, poco oro... ¡pero qué barequeras!

Monté una ingente manufactura de crepúsculos
con arreboles, en serie; y ando en flotantizarla...;
luégo fundé una fábrica de papel de Armenia (en Calarcá
con sucursales en Pereira, en Sevilla y en Salento,
más, otra, adjunta, de mariposas de Muzo y musas maripozuelas)
y otra de pajaritas de papel —anexa— con Unamuno
y una muy mona —y otra más, de Monólogos de Hamlet, con Ofelia—.

Organicé una central generatriz de neblina en Aguadas, con almacén distribuidor en London,
mas un taller de ensayos y aperturas
—hipermodernas— de ajedrez, y de oberturas para orquesta de cámara
lenta, y —cómo no— de aberturas —buscando en dónde comenzar la roza
(Rosa, con ese fuese...: rosa entreabierta ya).

Más tarde quise cambiar algo, cosa o nicosa, por lámparas viejas
o por lámparas nuevas o restauradas —ya no recuerdo—
y por algotras zarandajas: ¡la propuesta está en pie!
¡postor no ha habido ni impostor ni postulante!
¡Cambio mi vida por una noche entre los brazos tibios y falaces de Mi Quimera!
o por quince minutos entre los muslos de Deidamía,
¡deidad mía y de cuantos...!

Tras fabricante dellas, fui cazador de mariposas de Muzo —¡óxte esmeraldas!—
y de somortas en los Urales, y de hefestitas — ¿dónde sería? ¿Sábelo Plinio?, y orquidiólogo
(especializado en cadeyas por lo que dijo Marcel Proust);
conchologista —como Poe— (y siempre en pos de esa concha sonrosada
que conturbó a Lelián, al Fauno —cuando anverso y no inverso—).
Fui pescador de ballenas, como Jonás y Melville, y de Sirenas: no Ulises sordo, sino ávido grumete, de su cántiga
sortílega en acecho! Patraña aquello de que no tienen piernas las Sirenas...:
lo de su cola...: ¡para nadar usan el cierre automático —o cremallera—
de que luego prescinden...!
A más de supervisor de su vestier de fiesta
fui cicerone de los Pingüinos Peripatéticos en su excursión por Ecbatana
(a lomo de dromedario)
y de su viaje elefantino por Nolandia de Oro, viaje entonces no tal: mas crisoelefantino.

Fui alero izquierdo en el onceno de foot-ball llamadoel invicto de Cocojondo.
Fuí peón de ajedrez cuando jugábase in vivo:
coronábame loco Alfil para —al sesgo— tomar la Reina,
y, otras, Torre de gules —para, a ella normal— tomar la Dona,
o Caballero para a la Dama tomar al salto
(quiero decir que si en escaques ducho
era en damas un hacha).
Fuí campeón discóbolo con tres mil y ocho records
tras de acontista flechador de nubes
y de otro Wilhelm Tell, a atinarle a la poma, y a darle a la manzana, partida
por gala en dos, con azcona vibrátil...
yo, Beremundo el Lelo, yo Beremundo.

Yo, Beremundo el Lelo, surqué todas las rutas,
sorteé todo escollo, tropecé en todo cayo, recalé en toda rada,
todo arrecife bordeé, salvé todo bajío
y ensayé todos los mesteres...

Descansé en veces —no siempre si dormía, porque entonces soñaba,
no siempre si velaba, y aún cuando yacía
porque entonces soñaba si yogaba—. Descansé en veces,
si —tras letal Morfeo—, era, de yapa, lítico, y Orfeo nada órfico, y sin Anales, era tácito...
Descansé en veces... Todo tiene sus lagunas:
salgo de una de tales —pero no de Mileto—,
yo, Beremundo.

Yo, Beremundo el Sólito, secretarié al de Marras,
que era —a su vez— el Caimacán de Vargas
y un tomador de las de Villadiego.
El de Marras —corresponsal de la de Sevigné—
carteábase —de adehala— con Lord Chesteffield, magüer analfabetos.
¡Qué ponderoso, entonces, el mi Secretariato! Afortunadamente sólo diurno.
Mis labores del véspero,
mis labores nocturnas fueron —esas sí— muy amenas, si en veces extenuantes:
ora la grisoneta anónima, la del crepúsculo,
ya la de Vargas —doña Mencía— cuarentona, chulapona y hembra cachonda en grado sumo;
las tres de Villadiego, que contaban por Nueve Musas
y ya eran Tres Gracias —de por sí— cuyas gracias
quiero escandir: llamábanse las tres de Villadiego de esta guisa y jaez:
la mayor, doña Pura... y era purísima en verdad;
doña Virtudes —en el medio— virtuosa, archivirtuosa de su instrumento
particular, el rabel, en las Sonatas-Dúo,
si en las Sonatas-Trío prefería la flauta no traversera;
doña Mercedes, la menor, propiciadora de ellas, dadora de lo suyo
—que lo valía— y a la par y por oír tornar el estribillo,
volver el ritornelo...
¡Pero nada como las primas, las primas de las deVilladiego!
Eran las nada primas primas, Alda, Lea, Casandra, Livia,Iseo...
prima y cuarta, morenas, segunda y tercia y quinta, blondas,
y todas, a cual más, expertísimas: ¡qué quinteto de cuerdas!
(pero locas): ¡qué maestría como conjunto de cámara!
¡qué portentosas solistas!
¡Y las sobrinas de la de Vargas! ¡Aíxa! ¡Eglé! ¡Tarrasia! iVera! ¡Elsa!
Era yo por entonces ocasional director y concertador —en dos épocas— de los conjuntos
¡doctísima batuta! —sin alabarme—. Si actuaban de solistas —una u otra—
yo les era segundo, al forte-piano,
yo, Beremundo el Lelo.
Yo, Beremundo el Sólito...
Yo, Beremundo el Lelo, fuí inventor de mirajes,
devorador de ensueños (Lenormand), —caníbal de mí propio,
de mí mismo antropófago— trasegador de ilusos
filtros que me fingía mi dueña fantasía.

Tras de pastor de cabras, fui amansador de cebras y encantador de cobras...
Fui buzo de charadas y buzo de espejismos,
doctor en acertijos jeroglíficos, licenciado en mirajes, descifrador de oráculos...
Cifrador de mensajes sin mensajero ladino.
Oráculo yo mismo. Yo mismo jeroglífico críptico.
Si jamás supe dónde ponen las garzas
—ni las endrinas— nunca ignoré cómo el Cisne amó a Leda,
a Europa el Toro, a Eva la Serpiente
—culebra o cuélebre— y a Lilith; ni me fue arcano problema abstruso el baño de Danae:
la rubia pluvia fébea porcima el oro endrino
de su toisón y por su sexo en ascuas.
Si jamás nunca supe más que Lepe ni tanto supe como supo Lepillo
ni menos que Briján,
nada ignoré de las cuitas de Werther o de las cuitas
del Rey Lear (¡y sin Cordelia!) o de las del tercer Rey Ricardo... ¡cambio, cambio por un
jamelgo, por una jaca, por un Bucéfalo acéfalo, mi Reino..., ¡lo cambio!
Y el su reino —y el mío— fuera y es otra ínsula, Ínsula Barataria...

Yo, Beremundo el Lelo,
Beremundo el Insólito, Beremundo el Lilaila, probé nunca de acólito,
y erigí torres, derruí molinos
—de viento aquestos, ésas, marfilinas—
mas no habité mis torres, ni retorné a Abylund: que viví en mi bicoca...
No salí de mí mismo sino a entrar en mí propio
—no sólo en metapsíquico—: quiero decir que penetré en lo mío,
mío por ser creación mía, o, si mío,
—siempre— por donación del cuyo que era el suyo
—si para mí, para los dos, a trueque
—trueque y trastrueque— del cuyo mío y de entrambos... ¿Trabalenguas? ¿Enigma?
—¡No que no!: paradigma del en mutuo entregarse, del en mutuo donarse...
metafísica física!

Fui mentecato insigne, crédulo en demasía — ¡qué más da! —muchas vegadas, como si no las conociera,
y en otras, pocas, zorro por extremo: ¡y siempre, siempre —a la fin— mentecato!
ma non troppo, qué va!
También fui perspicaz —ya lo expresé—, topo también y lince. Y de todo algo he sido:
romo y agudo, gafo o puro cual nadie, neto y tortuoso, torpe o sutil sin émulo...
Yo, Beremundo el multivario Lelo.

Yo, Beremundo el Lelo. Después hice de Oblómov: ¡qué más total abulia,
qué búdica ataraxia, qué echandiana acinesia, qué greifflano far niente!
También fui condottiero: Napoleón se me quedó en palotes,
Colleone simbólico, Gattamelata sin empleo, Carlos Doce sin uso, César Borgia
—César o Nada— en los pañales de Lucrecia... (o en sus pantaloncillos...)
(inexistentes, existencialistas?
Fui condottiero: malo o peor ductor: si asaz pésimo conducido...
Mixtifiqué impertérrito (si incurrí en confidencias),
—pueril..., añejo—; siempre serví mi corazón —en fuente
de plata— como testa de Esenio, a la Herodías
de turno o a cualquiera Judith —ex-Holofernes...
Con el de Hita compartía la ancheta de caderas:
¡vamos!, ni el Arcipreste se paraba en pelillos
ni yo era —ni soy— a ellos alérgico, ¡qué va!
(porque, si ancheta de caderas era en vellos profusa
y en artimañas docta y en aquéllo diserta).
Cimodocea,ahora.
Recuerdo, vagamente, que anduve amartelado
—¿hace ya de ello?— de una Noche Morena —todo retorna—
y —hace de ello muy menos— de alguna Reina Mora:
—magüer mora, era rubia, y era su nombre griego:
la menor de las Cárites si la mayor en ellas.

Olvidaba que fui poeta, por riesgo mío y cuenta:
mas, por ventura, nada quedó escrito:
como cantaba al oído de nadie
¡toda mi poesía fué cosecha de Eolo, botín del Mar y despojo del friego!
Presumí de filósofo, si sólo saqué en claro
que el resto vale menos si todo vale Nada
y que la vida importa lo que dura el instante...

Venido a más antaño si ogaño vuelto a menos...,
entiendo y juro que estoy ahora un poco ido del caletre,
revuelto del magín y revenido del meollo...
Pero no tanto...
Con lo que pongo punto, que no final, mientras remembro,
mientras memoro nuevos mesteres y añejos, oficios neos y antiguos
y otras andanzas, bienandanzas y malandanzas y diferentes avatares de Beremundo,
de Beremundo el Lelo, el sin plaza, el no usable, el Inútil
señor del Ocio...
                                Laus Leo

1955



León de Greiff


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