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        CISNES NEGROS

A Mariano de Vedia

La tarde en muelle lasitud declina
legeramente enferma, y el ambiente
está suave como una muselina
habitual, cuyo roce no se siente.

Abrúmase el estanque; entre los juncos
una vieja piragua se desfonda,
quizá arrastrando los recuerdos truncos
de algun drama de amor sobre la onda...

Para que el kiosco en su cristal se marque
con la trivial fidelidad de un calco,
reposa el agua; el nemoroso parque
tiene una majestad de catafalco.

Hay una estatua entre la fronda obscura;
abstracto albor su desnudez aviva,
¡y como impone al bosque la mesura
de su castidad grave y pensativa!

Adquiere la alameda encanto agreste
su ámbito, diluyendo las siluetas,
acaba en una infinitud celeste
que la tarde sembró de violetas.

Duerme el estanque en su matiz de plomo;
mas, fina o invisible vuelo,
rizan su frágil superficie como
una felpa frisada a contrapelo.

Y esa fugaz tremulación del agua
fuera la única inquietud acaso,
si no surgieran junto a la piragua
tras enlutadas de indolente paso.

Casi niñas las tres, sus brazos flojos
con prematuro afán siegan quimeras,
y asombra lo profundo de sus ojos
y la devastación de sus ojeras.

Como un temple sutil vibra el linaje
en sus nervios; un áspero pregusto
de voluntad, aun bajo del encajo
da al mórdido mentón algo de adusto.

Sabrán sufrir y odiar, pero se augura
que ya agobiadas de ancestral flaqueza,
su odio es más ironía que amargura
y su mal es esplín más que tristeza.

Su palidez ya casi luminosa
las vuelve más esbeltas y más leves,
como evocando la asunción gloriosa
de un diáfano crepúsculo en las nieves.

Y sus cabellos de fragancia queda
que artístico alfiler prende y alhaja,
hacen pensar en la excesiva seda
de un insecto anormal que se amortaja.

Una se yergue con aciago hastío,
y en la obseción fatal que la acomete,
presenta a la pasión en desvarío
la atracción inquietante de un florete.

El deber como un ayo antiguo y lerdo,
fastidia su inconciencia soñadora
regañando al pasar (¡ah, qué recuerdo
de un pecado mortal me asalta ahora!)

Sus ojos miran cual los de una ciega,
sin expresión, sin rumbo, sin visiones,
y la estupefacción que los anega
anticipa espontáneas perversiones.

Son sus labios capullo en que rebosa
sangre de esclavos por nutricio jugo,
fatigándose en ellos la golosa
beatitud de un ídolo verdugo.

La otra tiene por todo distintivo
un menudo lunar junto a su cuello,
de cuando en cuando un ademán cursivo
como el céfiro, alisa su cabello.

Bagatela jovial, sólo en la liza
de algun fútil amor sufrió quebranto,
y ese lunar que la individualiza
como el tilde a la forma su encanto

Adora la baladas «A la luna»
sabe un poco de Schummann, no muy triste,
y corona superflua como una
cinta, el viejo blasón que ya no existe.

Pero la estirpe, de altivez dechado,
la agobia en su magnífico decoro.
(¡Oh prima a quien pudiera haber amado
cuando tenía un corazón de oro!)

Sellando la piedad lúgubre y rica
de su luto, con fiel recogimiento,
la tercera en el agua se duplica
como un joven ciprés ya macilento.

Sugiere en la quietud casi nocturna,
la ilusión de un cariño que se yerma
en la melancolía taciturna
de amar sin esperanzas a una enferma.

(Las nobles fuentes que el jardín decoran,
gimen en la abismda lejanía,
con esos balbuceos que ya lloran
y que no son palabras todavía).

Sueña quizá las acuitadas trovas
de amadores heridos de pesares,
por quienes en sus ríspidas alcobas
plañeron Berenguelas y Guiomares;

O en el novio ideal, mancebo blondo
entrevisto por la íntima persiana,
que a la tarde pasó, miró muy hondo,
y que no volverá a pasar mañana...

La noche da a las tres aire de esfinge;
y el negro traje al agravar la duda,
con la caricia de sus curvas finge
líquida ondulación que las desnuda.

Cuando de pronto, con ligero arranque,
en su blancura casi refulgante.
El solitario cisne del estanque
boga hacie ellas armoniosamente...

autógrafo

Leopoldo Lugones


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