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      QUIMERA LUNAR

Apaciguando el gran río
Con una gracia enfermiza,
La luna espiritualiza
Un crepúsculo de estío.

Desde el profundo diván
Gusta uno su dulce opio,
Y se despide algo propio
En las velas que se van.

Aquel cuarto de pensión
Da a un paisaje de suburbio,
Que va poniéndose turbio
A la par del corazón.

La fantasía detalla
En el ramaje más tosco,
Leves caprichos de kiosco
Bajo un cielo de pantalla.

Y en la irresoluta luz,
Bellos crisantemos dobles.
Mecen blanduras de nobles
Abanicos de avestruz;

Ocurrencia baladí
Que concibo, grave y tierno,
Hojeando un viejo cuaderno
De modas, perdido allí...

Una tristeza olvidada
Llena el personal recinto
Con el afecto distinto
De una hermana ya casada.

Dolorosamente pura,
El alma, de tal manera,
Se reduce en su quimera
Como una fuente en su hondura.

Y ante ese ilusorio abismo.
Con inclementes resabios.
La clausura de los labios
Se amarga de fatalismo.

En el rincón inmediato
Donde el bufete se esquiva.
La sombra meditativa
Tiene un silencio de gato.

Llega un lejano compás
De polka; en el confidente
Florece excesivamente
Todo un jardín de lampás.

En el cristal que atormenta
Su heráldica contorsión,
Moldea un áureo dragón
Mi copa más violenta.

Abajo, el ama legisla
Su honor de sartén y escoba,
Mientras defiende mi alcoba
Su soledad, como una isla.

Hay tertulia; su rumor
Comenta el lujo mediano
De la sala; en el piano
Recita la hija menor.

Mima su pequeño modo
Y cecea su falacia
Versos de amor, con la gracia
De fingir que ignora todo.

Muere la tarde estival,
Y entre sus dulces fatigas,
La charla de las amigas
Llega cortada y trivial.

Concíbese su semblanza,
Trazando bajo las gorras
Con remilgos de cotorras
Reglas de buena crianza.

Entre raudos delantales,
Sobre la mesa ya puesta,
Anticipará la fiesta
Sus brindis en los cristales.

Y en tanto ¡qué placidez
En mi aislamiento profundo!
No hay quietud en este mundo
Más dulce que ella, tal vez.

En el tiempo transcurrido
Silencia cada hora muerta
Su lapso, como una puerta
Que se ha cerrado sin ruido.

Tendiendo sus graves paños,
La sombra apaga el reflejo
De un melancólico espejo
Palidecido de antaños.

Y en las joyas cristalinas
Del lavabo, un pomo exótico,
Promete sutil narcótico
De ponzoñas florentinas.

Con un leve roce obscuro
De sensación indolente,
Pasa el sueño por la frente
Como un gato sobre un muro.

Entonces brotando inciertas
En suave resurrección,
A la muda habitación
Llegan las ternuras muertas.

Criaturas del azul
Que envuelve un frágil misterio.
Tailleur, Luis XV, Imperio...
Primores de encaje y tul.

Dulcifican más la calma
Sus atónitas pupilas
Que son las gotas tranquilas
En que les desborda el alma.

Y sus besos de pasión,
Tanto corazón revelan,
Que sus labios se modelan
En forma de corazón.

Tiembla el alma en sus regazos
Como un niñito maltrecho
Que defiende mal su pecho
Cruzando sobre él los brazos.

Entre todas hay alguna
Tan leve, que es casi nada,
Enteramente flotada
En ondas de gasa y luna.

En lo irreal de su tez
Tiene su hermosura hermética
Como una noche poética
Por luna su palidez.

Y percibo que quizás
Me revela su presencia
Un amor de adolescencia
Que no definí jamás.

Pero ¿amé acaso? ¿Fui yo
Aquel mismo?... Cuánto diera
Por averiguar siquiera
Si alguna vez existió.

Con dolorosa ventura
El corazón, a ella unido,
Sangra como un fruto herido
Que aumenta así su dulzura.

Tomándolo menos grave
En aquel absurdo amor,
El suspiro es al dolor
Lo que el vuelo para el ave.

¡Ah, quimeras del azul
En vuestro frágil misterio!
Tailleur, Luis XV, Imperio...
Primores de encaje y tul.

Así brota un ideal
En los internos jardines,
De hojear viejos figurines
Una tarde pasional.

autógrafo

Leopoldo Lugones


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