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        LUNA CIUDADANA

Mientras cruza el tranvía una pobre comarca
De suburbio y de vagas chimeneas,
Desde un rincón punzado por crujidos de barca,
Fulano en versátil aerostación de ideas,
Alivia su consuetudinario
Itinerario.

Las cosas que ensarta,
Anticipan con clarovidencia,
La errabunda displicencia
De una eventual comida a la carta.
Afuera, el encanto breve
Del crepúsculo dilata un dulce arcano,
Que abisma el plenilunio temprano
En la luminosa fusión de su nieve.

El truhán de vehículo,
Molesta, bien se ve, con su ferralla,
A un señor de gran talla
Que lee un articulo.
Y ya no hay más persona,
Que una muchacha de juventud modesta
Sentada a la parte opuesta:
Lindos ojos, boca fresca. Muy mona.

En elegante atavío,
Realza sus contomos
Un traje verde obscuro, con adornos
Violeta sombrío.

Aligera esa seriedad de otoño
Con gracia sencilla,
Un ampo de gasa que en petulante moño,
Va acariciando la tierna barbilla.

Sugiere devaneos de conquista
La ambigüedad que en su rostro lucha.
Con su intrepidez flacucha
De institutriz o de florista.
Mas desconcierta el asedio,
La imperiosa silueta
De su mano enguantada en seis y medio
Con parsimonia coqueta.
Y aquella aristocracia,
Anómala en tal barrio y a tal hora,
Insinúa en el peligro de su gracia
Una angustia embriagadora.

Quizá se llame Leonilda o Elisa...
Quizá en su persona se hermane,
Un doméstico aroma de melisa
A un mundano soplo de frangipane...
Quizá su figura indecisa
Reserve al amor de algún joven ladino,
En la inocencia de una futura sonrisa
La poesía de un ángel del destino.
Acaso en la muda
Fatalidad de una vulgar tragedia,
Con sens&ta virtud de clase media,
Cose para una madre viuda.

Quizá... Y en ese instante de familiar consuelo.

Tras el exacto campanillazo,
La desconocida, leve como un vuelo,
Desciende. ¡Qué ojos! ¡Qué boca! ¡Un pedazo
De legítimo cielo!

Como un claro témpano se congela
El plenilunio en el ámbito de la calle,
Donde aquel fino talle,
Sugiriendo ternuras de acuarela,
Pone un detalle
De excelente escuela.

La linda criatura,
Descubrió con casta indiferencia,
Para dar su saltito más segura,
Una pierna de infantil largura
Que puso su juventud en evidencia.
Y su cuello grácil,
Y su minucioso paso de doncella,
Bien dicen que no es aquella
Una chica fácil.


              *
          *      *


Muy luego ante su botella
Y su rosbif, el joven pasajero
Se ha puesto a pensar —¡qué bueno!— en una estrella.
Cuando, de pronto, un organillo callejero
Viene a entristecerle la vida,
Trayéndole en una romanza
El recuerdo de la desconocida.
—iAh!, ¿por qué no le ofreció una mano comedida?
¿Por qué olvidamos así la buena crianza?

¡Cómo se sentiría de noble en su presencia!
¡Con qué bienestar de hermanos.
Comentarían fielmente sus manos
Una hora mutua de benevolencia!

Y entre divagaciones remotas,
De melancolía y de indolencia,
Por la calle que mide con popular frecuencia
El paso notorio de las cocotas;
Vuelve Fulano a verla, en un estado
De ternura infinita,
Con cierta noble cuita
De novio infortunado.

El café le pone las ideas de luto,
Y lo molesta con absurda inquina,
Cierto aire sardónico en el mozo enjuto
Que aguarda su propina.
Pero aún se queda padeciendo largo rato,
Y monda que te monda

Los dientes. (Qué diablos, esas comidas de fonda
Son el martirio del celibato.)

Para colmo el organillo, de dónde
Saca, después de su más dulce habanera.
La donna é mobile —una verdadera
Necedad de lindo conde...

El pobre Fulano,
Vuelve a evocar, vagamente poeta,
La suave silueta
De la muchacha del tranvía suburbano.

Dulce academia de luna,
De luna espolvoreada
Al pastel, en una
Ceniza verde, entre verde y dorada.

¡Verdaderamente hay encuentros sin fortuna!

autógrafo

Leopoldo Lugones


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