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    SONATA PRIMAVERAL

Oh amiga que tan dulcemente amparas
En tu suave amistad mi hosca fatiga,
Purificando con tus manos claras
Mi obscuro corazón, oh dulce amiga.

Si no puedo decir lo que te amo,
Oh mi triste, perdona a mis amores,
Y para ser piadosa con las flores
No tardes mucho en desatar el ramo.

Merece la bondad con que lo asistes
Cuando a ti se confía, lastimero,
Corazón que, tan sabio en cosas tristes,
Sólo sabe decir cómo te quiero...

Al amor de la tarde ya más rubia,
Que algún suspiro a la pradera arranca,
Te ha presentido en tu batista blanca
Con un murmullo de ligera lluvia.

(Encanto pastoril, jovial secreto
Que diluye en contornos más lejanos,
La blusa clara, el escarpín coqueto
Y la gentil capota con acianos).

Así alcanza primicia venturosa
De florecer en tu temprana cinta,
Al mismo tiempo que la vieja quinta
Como un sueño de amor se aclara en rosa.

Y una emoción más grave lo estremece,
Al llenarlo de ti la primavera,
Con ternura tan honda, que parece
Que va a llorar — como si no supiera.

Cada día que pasa está más cierto
De ser más tuyo y de saber que lo amas,
Como se ve más cielo entre las ramas
Cuando se empieza a deshojar el huerto.

(Serenídad azul que predestina
A una gracia mejor por más discreta,
Como entre la hojarasca de la encina
Se complace feliz la violeta).

Corrió el año, y la nieve fue su engendro,
Y nevó en mí, mas con candor tan leve
Y angelical, que de esa misma nieve
Mi alma se embelleció como el almendro.

Y la sombra llegó, y la tierra en calma
Flotó en su seno, como nunca bella,
Y yo me iba tranquilo con tu alma
Como se va la noche con su estrella.

Lejos de la extensión obscurecida,
Marchamos ya sin pesadumbre alguna,
Y nuestras sombras alargó la luna
Sobre un prado ulterior de la otra vida.

(Soledad del amor; claro desvelo
De rocío y de luz; susurro vago
De almas que tiemblan próximas al cielo
Como ramas obscuras sobre un lago).

Mulló su arena pálida el olvido...
Y allá en la orilla azul de la mañana,
Nuevamente cantó la alondra ufana,
Y el duraznero amaneció florido.

Oh amiga que tan suavemente curas
El encono, del cardo y de la ortiga,
Apaciguando con tus manos puras
Mi torvo corazón, oh suave amiga.

En la campestre exhalación del heno,
Un sabor de buen pan la vida cobra,
Y con los ojos que alza de la obra
Bebe la fuerza del azul sereno.

Hínchase el alma audaz como una vela,
El mundo, como un yunque, está sonoro,
Y en el campo que al cielo se nivela,
La luz deshoja su retama de oro.

Tras las huellas azules de tu planta,
El deseo se humilla mas huraño;
Y como. el mirlo oculto en el castaño,
Mi corazón su soledad te canta.

Cruzados aires un arrullo agreste,
El orbe está magnífico y desierto,
Y contigo es la claridad celeste
Que te alboroza como a un lirio abierto.

Así con esa plácida alegría
Que en abismado azul mi ser dilata,
Compuse esta sonata, una sonata
Simple y cordial: quasi una melodía...

autógrafo

Leopoldo Lugones


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