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        UNA CARTA A JULIO IMBERT

Mientras una callada pero eficaz hormiga
le picaba al ladrido caníbal de «Morita»,
Graciela nos juntaba duendecillos que a ratos
andan por su sonrisa poniendo telegramas...

Pero también medicinales siempre
sus ojos nos servían de muletas,
porque, Julio, nosotros
hemos pensado tanto,
que nos cojea el alma.

Sin embargo,
nos basta que la tarde se nos quede en un pájaro.
Mientras allá en el parque
la gente lee noticias, tiene el tiempo en el cuerpo,
nosotros
en la breve estatura de una hoja de árbol,
en este diminuto periódico del bosque,
nos enteramos
que en el censo del cielo hay periodistas...
Pero, fíjate, Julio,
que solo en primavera
los ángeles escriben sus memorias.

autógrafo

Manuel del Cabral


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