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      EL REGISTRO

Los gringos, los soldados, registran hasta el grajo
que va de polizón
bajo el sobaco de los pescadores;
les tienen miedo hasta al olor del pobre.

El orgullo nativo
para andar por su casa, debe pedir permiso...
La humillación vestida de protocolo
camina por las calles
densamente pobladas de «disculpas»...

Mientras tanto, por la Zona
que divide ambiciones...,
los ojos agringados del lacayo
se prenden como pulgas no esperadas
en la ropa inocente: festín de los espías;
estas ratas uniformadas no perdonan
ni a las madres que lavan con sus ojos el odio,
pero nacen panteras
de su ternura digital robada.

Estos gringos no saben con zumbidos dormirse,
dudan de los insectos, creen que hasta los mosquitos
los manda el enemigo con veneno...
Armas ven por todas partes,
ven armamentos hasta en la sonrisa
que suelta como un pétalo el humilde,
a quien a veces le abren el cráneo
para ver lo que esconde... pero allí...
hay un arma guardada que no ven los soldados,
es un arma plural... la guardan todos...

Ayer no más, una mujer callada con un lío en los brazos,
quiso cruzar la «Zona», fue detenida;
la boca de un fusil le interrogó: ¿qué lleva?
—Abra el paquete. Deje ver el lío.
Si son armas o balas para los rebeldes,
quedará detenida por el crimen.
Y la mujer no hablaba.
—Le ordeno yo, la autoridad, abra el paquete.
Y la mujer no hablaba.
Enfurecido, entonces, abrió el soldado el bulto.
Y allí estaba el cadáver solidario de un niño.
El contrabando (el alma de la revolución)
había pasado ya... Sólo quedaba
el desperdicio material del alma...

autógrafo

Manuel del Cabral


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