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INTRODUCCIÓN A UNA COLECCIÓN DE TRADUCCIONES DEL ANTIGUO TESTAMENTO

Confitebor tibi in cithara, Deus
Deus meus.
—Ps. XLII. 4.

En la alegre mañana de mis días,
Cuando se goza en dulces melodías
El corazón con inocente fe;
Como oyese la voz de los poetas
Del Íliso y del Tibre, en las inquietas
Cuerdas de mi laúd los imité.

¡Marón divino! al eco de tu canto,
Yo revelaba el armonioso encanto,
La dulce luz de la dorada edad;
Campos amenos de gayadas flores,
Pláticas inocentes de pastores,
Ecos y sombras, grata soledad.

Las leves flautas y el cantar ligero
Troqué después por el clarín guerrero,
Y seguí por doquiera a tu adalid:
Del mar airado a las tremendas olas,
Y a las del Orco, pálidas y solas;
Al blando sueño y a la ardiente lid.

Con él narré en la cuna de Cartago
La última noche y funeral estrago
De las cansadas torres de Ilïon;
Y de futuras eras y países
Hice el destino revelar a Anquises
Del Elíseo en la plácida región.

También la voz del venusino vate
Probé a imitar; ya en bárbaro combate
A los Claudios coroné de laurel;
Ya, partiendo Virgilio, a Citerea
Pida en el puerto que propicia sea
Al coronado, alígero bajel.

Así pasaban mis risueños días;
Mas disiparse vi sus armonías,
Ni sosegaba en mis pesares yo,
Cuando el tiempo llegó de los gemidos,
Y a derribar de la virtud los nidos
La discordia sus iras desató.

Yo vi los campos de la patria cara
Rojos de sangre, destrozada el ara,
Y en tinieblas el santo panteón;
Y a mis amigos vi de sus hogares
Allá lanzados de los altos mares,
Cual las hojas que barre el aquilón.

¡Oh amigos! si por fin el peregrino
Pie fijasteis, del polvo del camino
Vuestras sandalias sacudid allí;
Mas si a vosotros arribare un día
Mi humilde ofrenda, de la lira mía
¡Amad las notas, y pensad en mí!

¿Ni a quién ya placería en mis canciones?
¿Ni cuáles ya benignos corazones
Hallaré sobre la haz de mi nación?
Separad la avecilla de su coro;
Su mismo bosque le será inodoro,
Y moverá en su bosque a compasión.

¡Pero mirad las aves viajadoras!
Con tristes o con plácidas auroras,
Con aura blanda o rápido huracán,
Al amparo de Dios, nuevas riberas
Visitan, y del mar las ondas fieras,
¡Y dulce patria encuentran por do van!...

Ahí solo alivia mi dolor, de hinojos
Ante el libro sagrado, de los ojos
Dulce llanto en sus páginas verter,
Y alzarlos luego de esperanza llenos
A los azules ámbitos serenos,
Himnos cantando al Infinito Ser.

Al que del mar el majestoso acento
Oye, y la voz que la avecilla al viento
Suelta, hospedada so el pajizo alar;
Al que mira con rostro complacido
Perfumes que a sus pies, arrepentido
El pecador se postra a derramar.

Bien que si osado antiguas profecías
A mi cítara ajusto, del Mesías
No en mis versos la voz profanaré.
Yo enmudezco a su voz, sobre mi frente
Derribado: la orla solamente
Del vestido santísimo toqué.

¡Bienhadado el varón que de contino
Del Salvador anduvo en el camino
Pronunciando palabras de verdad!
¡Que no verá su juventud pasada
De fantásticos sueños habitada,
Sino cual mies de fértil heredad!...

"¡Oh Virgen santa, del mortal abrigo!
En tu pueblo, que aflige el enemigo,
Yo velaré, gimiendo sin cesar.
¡Así dilates mis obscuros días
Hasta ver entre santas alegrías
Reedificarse el abatido altar!

Heme en fin a la sombra deseada,
Yo me diré, y en la marmórea grada
Derramaré mis cánticos de amor.
¡Allí consumiré la vida mía,
Y hasta el postrer aliento y agonía,
Confesaré en mi lira a mi Señor!

autógrafo

Miguel Antonio Caro


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