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        LA TARDE

Ahora ya la tarde del día victorioso
el pensativo paso hacia el ocaso lleva.
Su rubia cabellera roza el celeste velo,
su blanco pie en las aguas del mar penetra apenas.
La forma delicada, allá entre mar y cielo
resbala y, por instantes, detenerse parece.
Alza u dedo a los labios, mira en torno suspensa,
luego el paso recobra, y el confín palidece.
Del cielo y de la tierra despréndese, creciente
la invasión silenciosa de las sombras tras ella...
Cuando de amor transida, la Tierra ante mí tiéndese
dormida en el recuerdo del beso de la Siesta.
Desde mi pié partiendo, desborda el horizonte
el ser inmenso y claro del Mar incontrastable.
Un alentar tranquilo levante y estremece
el cendal de su seno sin límites medable.
¡Abrumadora imagen de una dicha perenne
su inmensidad se mece respirando dormida!
El verde fondo móvil chispea, penetrando
de luz que alegre ríe, en cristalinos pliegues .
Deteneos; miradle. su seno transparente
una mirada clara os devuelve; y responde
dentro de vos , el eco de aquel Dolor, que eterno
persiste en las cenizas del turbio humano seno.
Entre tanto la tarde su fatal paso apura
hacia la hoguera ardiente por donde el sol partiera.
Llega y se postra; inclina la adorable cabeza;
en sus cabellos de oro, breve reflejo tiembla.
Su contorno amoroso, colúmbrase en las lindes
del fantástico incendio de las luces postreras,
arrójase y perece en el Ocaso rojo.
Un sollozo impalpable de un confín a otro vuela.
Las cenizas del día sobre la tibia hoguera
floran aún sobre ellas me mira inmóvil, frío,
un celaje. En la arena asústame mis pasos.
De un pensar que se ahonda llevo mi pecho herido.

(1904)

autógrafo

Macedonio Fernández


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