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A LA PAZ ENTRE ESPAÑA Y FRANCIA EN 1795

Dos lustros ya de plácido sosiego
Sobre el regazo de la paz hermosa
Gozado el mundo había;
Y adormecido el fuego
De la discordia atroz, la espada ociosa
Entre el polvo y orín se consumía.
Nada turbó las cándidas auroras
De tan dulce quietud; logró en su asilo
El labrador tranquilo
Ver coronadas de su afán las horas.

Más sangre y fuego respirando viene
Con violento ademán Mavorte fiero,
Y a la cumbre escarpada
De la antigua Pirene
Sube ardiendo en furor; cruje el acero,
De su carro espantoso, y empuñada
La mortífera lanza que blandea,
Mueve sañudo la execrable frente,
Y en su rabia impaciente
Cebarse en llanto y mortandad desea.

Tronó su voz; al escucharla entonces
El suelo en luto y en pavor gemía
Destrozado, oprimido
Con los enormes bronces,
Vio la flor de la Hesperia que corría
De la bélica trompa al gran sonido.
¡Míseros! id donde el honor os lleva,
Ardiendo en ansia de funesta gloria;
Volad a la victoria,
Y haced de vuestro aliento heroica prueba

¿Qué lograréis? El monstruo abominable
De vuestra insana ceguedad riendo,
Da la señal; ya sube
Del cañón formidable,
Al cielo vuestros crímenes diciendo,
De fuego y humo la ondeante nube.
Retumba el aire, y pavoroso esconde
Los gritos, el terror, el triste estrago;
El amago al amago,
La cólera a la cólera responde,

Muerte horrible a la muerte. Así espantoso
Bate las altas cimas de Apenino
El Aquilón sañudo;
A su ímpetu fragoso
El cedro añoso y el soberbio pino,
Sin encontrar a su defensa escudo,
Caen; y el hondo valle estremeciendo,
Por los ecos alígeros llevado,
Asorda dilatado
De caverna en caverna el ronco estruendo.

Y en medio de la lucha fulminante
Es el furor tan bárbaro y tan ciego,
Que ni la tierna esposa
Ni la afligida amante
Templar podrán de la contienda el fuego
Con su memoria tierna y dolorosa.
Todo cae, agoniza; ¡hombres crueles!
Y acaso aspiran a dorar su estrago
Con el falaz halago
Del carro triunfador y sus laureles.

Mas no; junto a la rueda sanguinaria
Van la viudez y la orfandad que lloran.
Monarcas de la tierra,
¿La mísera plegaria
No escucháis de los pueblos que os imploran?
Poned, poned un término a la guerra;
Y si el rayo, el relámpago y el trueno
Vuestro poder mostraron a porfía,
Ya es bien que luzca un día,
Debido a vuestra unión, dulce y sereno.

Le dais por fin; a vuestra voz levanta
En el aire la paz de su alma oliva
La bienhechora rama.
¿No veis cuál se adelanta
A aplaudiros la tierra, y cuán festiva
Bendice vuestro nombre y os aclama?
¡Salud, divina paz! Eterna amiga
De la vida y del bien, ven, y en contento
Convierte el desaliento,
Y en sosiego apacible la fatiga.

Ven, y que la amistad, que la preciada
Virtud prodiguen sus inmensos bienes:
En esto ¡oh Diosa! emplea
Tu protección sagrada.
Tú fecundas el mundo y le sostienes,
Tú le das ornamento y se hermosea;
Bajo la sombra de tu augusto velo
Las artes viven en concierto amigo,
Y seguro contigo,
El Genio extiende su brillante vuelo.

A ti en los templos el incienso humea,
A ti las musas su divino acento
Sonoramente envían;
Y en cuanto el mar rodea,
En cuanto ilustra el sol y gira el viento,
De ti sola su bien los pueblos fían.
¡Ah! Maldición eterna al inhumano
Que, profanando la quietud del suelo,
Muestre en bárbaro anhelo
Ardiendo el hierro en su homicida mano!

¡Maldición, maldición! Corren veloces
Los ríos a la mar; nosotros ciegos
Al crimen y a la muerte
Nos llevamos feroces,
Sin atender a los humildes ruegos
De la virtud, sin escuchar la fuerte
Lección del tiempo, que incesante clama.
¡Triste destino! El hombre fascinado
Va siempre al carro atado
De la ambición frenética que brama.

Pues si negado a tantos escarmientos,
Siempre ha de ser que el universo gima
En guerra y en crueldades,
Dejad vuestros asientos,
¡Oh montes! y cayéndonos encima,
Feneced de una vez tantas maldades.
Irrita ¡oh ponto! tus voraces ondas.
Hasta que, sepultado el ancho mundo
En tu abismo profundo,
Por siempre en él nuestra impiedad escondas.

autógrafo

Manuel José Quintana, 1795


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Manuel José Quintana