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SEVILLANAS, SERRANAS, ETC.

El crujir de la falda
de tu vestido
es el toque de gloria
de mis sentidos:
vista, gusto y olfato,
tacto y oído.

Yo prometí no verte:
lo voy cumpliendo.
Malhaya la promesa
y el cumplimiento.
Que, de este modo,
un valiente cobarde
lo pierde todo.

Pensativo, en tus ojos
me estoy mirando,
y tú sabes de sobra
qué estoy pensando.
Por eso vivo
mirándome en tus ojos
tan pensativo.

Serranilla del alma:
cuando me acuesto,
con tu nombre en los labios
me voy durmiendo.
Y es lo más grande
que lo tengo en los labios
al despertarme.

Eres bonita y mala
como la adelfa,
que da gusto a los ojos,
pero envenena.
Aunque yo tengo,
contra veneno tanto,
contraveneno.

Sepulturas de amores
son las ojeras,
que van diciendo a voces
dichas completas.
Y amor no quiere,
para ser duradero,
satisfacerse.

No tengo más espejo
que tus ojitos,
y según tú me miras,
así me miro.
Y así me veo
unas veces tan guapo
y otras tan feo.

Dices que, por mi causa,
temes perderte;
pero si yo te encuentro,
ya no te pierdes.
Que, en el cariño,
el perderse y ganarse
todo es lo mismo.

En cuestiones de amores
saben los sabios
que un clavo solamente
saca otro clavo.
Y un amor viejo,
solamente se cura
con otro nuevo.

Amores calladitos
son los más dulces,
y los finos amantes
nunca presumen.
Porque no quieren
dar a la gente parte
de lo que tienen.

Mírame despacito,
no te retires,
ya que yo me conformo
con que me mires.
Dame la mano;
mírame, serranilla,
como a un hermano.

Tienes los ojos grandes,
el talle esbelto,
la carita de almendra
y el pie pequeño;
finos los labios,
y muy bonito todo
lo que me callo.

De rubias y morenas
siempre hay disputa:
a mí me gustan todas,
cuando me gustan.
En siendo buenas,
las morenas, las rubias
y las trigueñas.

Dicen que las ojeras
llenan tu cara,
y no es más que la sombra
de tus pestañas.

El querer que te tuve
no era mentira,

y el que tú me tuviste
verdad sería.
Y, ahora, es lo cierto
que ni tú a mí me quieres
ni yo te quiero.

Una fiesta se hace
con tres personas:
uno baila, otro canta
y el otro toca.
Ya me olvidaba
de los que dicen: —«¡Ole!»,
y tocan palmas.

autógrafo

Manuel Machado


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