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          EN UNA CIUDAD EXTRANJERA

Las gentes pasan;
ni las conozco
ni me conocen.
Los unos ríen,
en los otros se ve que han llorado,
y ni sé su alegría
ni sé su pena.

Ve aquí que me hallo solo
dentro del mar humano,
mar de misterio.
Se me acerca un mendigo
y con voz quejumbrosa
algo me dice que apenas entiendo
tendiéndome la mano,
y sé muy bien qué pide.
¡Oh, mano humana;
universal tu lengua!
¡Oh, mano de trabajos y de adioses,
madre del arte,
madre también del crimen;
de los pobres mortales
gloria e infamia!
¡Oh, mano humana,
que ríes y que lloras
si te abres o te cierras;
ya los rientes dedos derramados,
ya postradas sus yemas,
abatidos los cuatro,
que son mellizos,
bajo el duro pulgar que los soyuga
en crispación de ira!
¡Oh, mano humana!
Riente me la tiende este mendigo,
y en su risa solloza;
con sus dedos suplica.
Su mano pide mano.
Si todos nos las diéramos
como en rueda de danza,
Dios cuajaría,
chispas de Dios darían nuestros pechos...
Se fue el mendigo
buscando lástima...
La calle se ilumina,
sonríe el cielo
y todos me parecen conocidos...
Es que ellos vienen...
Ellos son él y ella...
Se miran a los ojos,
ciegos al mundo,
las miradas mirándose.
Triunfa en ella la vida;
el aire que respira vuelve humano
desde sus labios rojos,
y en el celeste azul de sus pupilas
la luz se amansa;
bate su pecho
el compás de las cosas y los hombres.
Y él a su lado
no cabe en sí y a todos nos anima,
diciéndonos su gloria:
¡he aquí el hombre!
Al bordearlos se sienten cuantos pasan
más humanos, más buenos;
uno suspira
envuelto en añoranzas del antaño...
Y ellos dos siguen,
batiendo el suelo con andar pausado,
los ojos en el cielo,
los ojos en los ojos...

Se hinche la calle
de pureza y dulzura;
parece el mar sencillo
cuando del alba en el regazo dulce
canta el salmo sereno
del eterno reposo...
En brazos de su madre
un niño viene sonriendo al mundo...
Como yo él no entiende
a los que pasan,
ni los conoce.
La manecita al cuello
de su fuente de vida
mira a Dios cara a cara y se sonríe.
Y ella, la joven madre,
sumergida en el aire en que su hijo
y todos respiramos,
mientras pasa serena,
«he aqui la mujer», decir parece.

Se hinche la calle
del más viejo misterio.
Más lentos son los pasos
de los que pasan.
Descubren sus cabezas.
Por medio de la rúa,
por donde lleva el hombre
las cargas del trabajo,
y sus despojos,
le llevan al que un tiempo
reía en las aceras...
Como yo él no entiende
a los que pasan,
ni los conoce;
en su caja tendido
mira a Dios cara a cara y... ¿goza o duerme?

          * * *

Pasa una flor humana
de colores chillones que al aire
flotan como banderas;
el rojo de amapola,
el gualda de retama,
azul de clavelina,
cabellera como una crisantema,
ojos que arden en fiebre,
carnes a todo sol y acres perfumes
de bosque en sementera.
Brinda a todos su cáliz, luego se aja,
sin dar semilla.
La humana flor carnívora,
la flor de estercolero
de las ciudades;
la que chupa los tuétanos
con la inconciencia torpe del pecado.
Va encendiendo en los ojos
de los que pasan
la antorcha del deseo,
sacudiendo la carne.
Y prosiguen más tristes su camino,
sin detenerse.

          * * *

Ve, se detienen, sí, ¿por qué es que vuelven,
todos sus ojos?
¿Qué así les llama
cuando ni la miseria,
que tiende temblorosa mano humana,
ni el amor encarnado,
ni el alba de la vida,
ni su noche rodeada de misterio
merecen su saludo?
Un hombre de otro traje,
de otro color, de traza peregrina,
que pasa solitario
recogiendo miradas
¡y soñando quizás en otras tierras!
¡El extranjero!
¿Dónde nació? ¿De dónde y a qué viene?
¿Quién es el hombre extraño
que la costumbre rompe?
¿Qué habrá en su tierra?
¿Será su Dios el nuestro?
¿Nos admira o sonríe de nosotros?
¡Cuántas tierras, Señor, no conocemos!
¡Cuántos se mueren
ignorantes del caso
que aquí a todos embarga
y hasta a los niños narran las nodrizas!

          * * *

Voy a sentarme aquí, bajo este tilo,
que me recuerda al tilo de mi pueblo,
aquel que alza su copa
donde rodó mi cuna
y es él cuna de pájaros
que cantaron los juegos de mi infancia.
Memorias su perfume
me trae de aquellas gentes
que son las mías,
que conmigo se hicieron;
¡la patria resucita!
Se acerca un perro
que acariciar se deja por mi mano
y acepta sin repulgo
azúcar que le brindo.
Y él me recuerda
la hermandad que nos ata a los humanos.
Lo que nos une
son las yerbas, los árboles, los frutos,
y son las bestias
que a nuestro recio arbitrio soyugamos;
lo que nos une
no son los corazones, son las obras.
No nos brota de dentro
esta hermandad que a todos nos envuelve
y nos hace un linaje;
es nuestra obra
la que nos ciñe
y a abrazarnos nos fuerza con su abrazo.
Cada cual va dejando
de su labor el fruto
atento sólo a su menguado logro
o a menguado renombre,
y esos frutos nos ciñen,
nos atan y nos fuerzan
a darnos el abrazo de que brota
la sociedad humana.
Tú das tu fruto,
yo doy el mío,
los cambiamos y nace
la hermandad que nos une.
Las cosas, no los hombres,
hicieron de nosotros un linaje;
es la casa que habitas
y que antes otro como tú habitara.
Ven, perro amigo,
obrero de hermandad entre los hombres,
pues tú nos unes
más que nosotros mismos nos unimos
de propio impulso.
Si algún día el amor desde el recóndito
cáliz del corazón brota a los pechos,
tiembla en la boca,
irradia por los ojos,
y el hombre en ansia de hombre
busca a su hermano;
si algún día se posa
nuestra pobre hermandad en las entrañas
de cada hombre,
entonces esta fábrica
de las vastas ciudades
se ajará como flor que dio su fruto
y acabará la tierra
por ser el Paraíso.

          * * *

...¡ajo!, oigo exclamar, vuelvo la cara
al sentir que me rompe
la soledad ese brutal acento;
la patria me saluda
con su voz más doméstica
cuando en ella soñaba
mecido en el aroma de los tilos...
...¡ajo! Es la patria
la que encontramos hecha,
la que vive, la histórica, es España...
Bien, ¿y la otra?
Adiós, tilo agorero,
adiós, perro mi amigo,
vuelvo a la muchedumbre
que no conozco
ni me conoce.

Porto, 1 y 2 VII 1906.

autógrafo
Miguel de Unamuno


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