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      EL CIPRÉS Y LA NIÑA

Junto a la verde albahaca
está la triste niña,
el codo en el alféizar,
la rosada mejilla
descansando en la mano
y clavada la vista
de la calle en el fondo,
donde en el cielo linda
la cerca del convento
tras de la cual estira
un ciprés solitario
su negrura nativa.
Está a ver cuándo llega,
esperando la cita.
Hace ya largo tiempo
que sueña, aguarda y mira,
el codo en el alféizar,
la rosada mejilla
descansando en la palma
de la mano y perdida
la mente soñadora:
tras del ciprés, la niña.
¿Quién, cuándo, dónde y cómo
a la triste dio cita?
¿Quién? Ella no lo sabe;
¿cuándo? en los dulces días
en que perdió la infancia
al recoger la vida;
¿dónde? en el medio mismo
del alma ya intranquila;
¿cómo? ¿con qué palabras?
¡sin palabras! Suspira
desde el fondo del pecho
y aguarda, ¡cuitadilla!
Cuando el sol la despide
llevándose otro día,
del ciprés la negrura
con su arrebol aviva.
En el cielo encendido
severo se perfila
como columna trunca
resto de alguna ruina,
y parece decirle:
¡ten paciencia, hija mía!
Sobre él pasan las nubes
como pasan los días,
y el galán de los sueños
no acude, no, a la cita;
y entre tanto atalaya
el ciprés la campiña.
Mirándole amorosa
la pobre le decía:
«Mi negro centinela,
cuando llegue, me avisas,
avísame si duermo,
no me dejes dormida;
despiértame si pasa,
que se me van los días
y se me va con ellos
la esperanza de dicha».

Y el ciprés esperaba,
y esperaba la niña,
y el galán esperado
tanto esperar se hacía
que dio en pensar la pobre
en la huerta tranquila
que detrás de la cerca
su reposo la brinda.
Se encerró en el convento
buscando allí la dicha
que en el mundo no hallaba;
esperando la cita
del galán de los cielos;
esperando rendida
que el Esposo Divino
la llamara algún día.
Y allí todas las tardes
se sentaba la niña
del ciprés a las plantas,
el codo en la rodilla,
en la pálida mano
la pálida mejilla,
y la mente que sueña
en los cielos perdida.

Y al ciprés confidente
la pobre le decía:
«¡Mi negro centinela!
cuando baje me avisas,
avísame si duermo,

»no me dejes dormida;
despiértame si pasa,
que se me van los días
y se me va con ellos
la esperanza de dicha».

Y el ciprés le responde:
«¡Ten paciencia, hija mía!»
Con paciencia muriose,
de esperar se moría,
y al pie del árbol negro
le dan tierra bendita.

Y allí espera la pobre,
allí espera dormida
a que por fin le llegue
la hora de la cita.
Y en las serenas tardes
de los tranquilos días,
cuando el sol al ponerse
los cielos encarmina,
el ciprés solitario
que a la infeliz cobija
parece susurrarle:
«¡Ten paciencia, hija mía!»
¿Y la albahaca? Se hiela
una mañana fría
en que un galán que pasa
en busca de la dicha
al levantar los ojos,
hambrientos de la niña,
se encuentran, bajo el cielo,
la ventana vacía.

[1906]

autógrafo
Miguel de Unamuno


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